Diálogo con Iván Jaksic (editor general)

Por Eduardo Zimmermann (Universidad de San Andrés)

Entre 2017 y 2018 el Fondo de Cultura Económica de Chile publicó los cuatro volúmenes de la Historia política de Chile, 1810-2010, producidos tras cinco años de trabajo colaborativo en el marco del Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad Adolfo Ibáñez bajo la edición general de Iván Jaksic. Los cuatro volúmenes, organizados por temas bajo los títulos “Prácticas políticas”, “Estado y Sociedad”, “Problemas económicos”, e “Intelectuales y pensamiento político”, fueron editados por Juan Luis Ossa, Francisca Rengifo, Andrés Estefane y Claudio Robles, y Susana Gazmuri, respectivamente. Tuve la suerte de participar como comentarista externo en los talleres de discusión de los borradores de trabajo del volumen II, “Estado y Sociedad”, y eso me permitió adentrarme un poco más en el proceso de elaboración del proyecto. La obra se presentó como una invitación a pensar y repasar, en el momento del bicentenario de la república chilena, los rasgos constitutivos del sistema político y su proyección en la vida del país, en momentos en que, -no sólo en Chile-, como bien señala el editor en su introducción general, la política misma está puesta en cuestión. En ese sentido, la obra constituye un aporte muy significativo al debate público nacional y latinoamericano, y un recordatorio del papel que los historiadores, como intelectuales públicos, están llamados a tener en el mismo.

Por otra parte, tanto los editores como autores participantes combinaron ese compromiso cívico con un alto grado de profesionalismo y de rigor analítico, innovando metodológicamente y sumándose de esa manera al proceso de profunda renovación que la historia política en general ha experimentado en las últimas décadas. Destaco dos rasgos que marcan fuertemente la obra y la inscriben en ese proceso renovador: uno, la inclinación permanente a revisar algunos de los lugares comunes establecidos en la historiografía tradicional en los distintos temas que atraviesan la obra; dos, la vocación por insertar los procesos chilenos en una mirada transnacional que rescate la dimensión global que atraviesa los mismos, abriendo la puerta a una discusión sobre la tan arraigada tesis del “excepcionalismo” chileno. Como una manera de acercarnos más profundamente a los objetivos de la obra y a conocer por dentro la historia de la producción de la misma, acepté con mucho gusto la invitación de PolHis para conversar con Iván Jaksic, su editor general. Iván Jaksic es doctor en Historia por la State University of New York. Enseñó durante muchos años en universidades de los Estados Unidos, entre ellas, California-Berkeley, Wisconsin-Milwaukee, y Notre Dame. Es presidente del Consejo Académico del CEHIP (Centro de Estudios de Historia Política) de la Universidad Adolfo Ibáñez. Desde hace diez años dirige en Chile el programa de la Universidad de Stanford, de cuyo Departamento de Culturas Ibéricas y Latinoamericanas es académico y miembro de su Centro de Estudios Latinoamericanos. Es miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua. Entre sus trabajos más destacados se cuentan Andrés Bello: Scholarship and Nation-Building in Nineteenth-Century Latin America, y The Hispanic World and American Intellectual Life, 1820-1880, ambos publicados también en español como Andrés Bello: la pasión por el orden, y Ven conmigo a la España lejana. Los intelectuales norteamericanos ante el mundo hispano, 1820-1880.

 

Eduardo Zimmermann (EZ): Comencemos por los orígenes: ¿Cómo nació la idea original de la obra? ¿Fue una iniciativa individual, del Centro de Estudios de Historia Política, del Fondo de Cultura Económica?  ¿Cómo fue recibida la iniciativa en la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI)?

Iván Jaksic (IJ):La idea surgió a partir de las celebraciones del bicentenario. Conversando con Juan Luis Ossa notamos que no se veía por ninguna parte una reflexión sobre los 200 años de la república desde el punto de vista de la historia política: una visión de conjunto que nos ayudara a comprender desde dónde partimos y dónde estamos. Nos propusimos hacer esa evaluación, pero para hacerlo bien necesitábamos un alero institucional. Así se iniciaron las conversaciones, en las que participaron la historiadora Lucía Santa Cruz y el entonces decano de la Escuela de Gobierno de la UAI, Leonidas Montes, actual Director del Centro de Estudios Públicos en Santiago. Fue un trabajo de joyería, pero me impresiona todavía el entusiasmo y la buena voluntad con que fue acogido el proyecto de crear un Centro de Estudios de Historia Política. Tuvimos además una extraordinaria respuesta del sector privado, que nos proporcionó los fondos para llevar a cabo una labor bastante ambiciosa. Así, empezamos a sumar investigadores, cuatro en total, con el apoyo de la Escuela de Gobierno. Al mismo tiempo formamos un Directorio compuesto de decanos, académicos de dentro y fuera de la universidad, y un empresario. También, un consejo académico internacional que incluía a las figuras más relevantes de la historia política en América Latina. En fin, un largo rodeo para decir que la idea surgió de allí. Una vez que tuvimos un diseño contactamos al Fondo de Cultura Económica, por su proyección y distribución internacional. El resultado está ahora a la vista, luego de 8 años de trabajo de principio a fin.

EZ: ¿Fue siempre pensada como una obra de varios volúmenes? El proceso del diseño completo de la obra, ¿fue también el resultado de un trabajo de equipo al que llegaron tras discusiones, o la obra nació ya pensada desde sus inicios en estos cuatro volúmenes?

IJ: Sí, fue pensada desde un principio como una obra de varios volúmenes porque necesitábamos algunos ejes aglutinadores que nos permitieran cubrir el más amplio abanico de la historia política. Así, al calor de la conversación con los investigadores surgieron los grandes temas, como las prácticas políticas, el papel del Estado y su interacción con la sociedad, los problemas económicos, y el pensamiento político y los intelectuales como actores importantes en el proceso histórico. Todo esto fue conversado también con el Directorio y con colegas de diferentes ámbitos dentro y fuera del país. Tuvimos un sinfín de reuniones que hicieron de éste un trabajo genuinamente colectivo.

EZ: A mí me parece que la obra es innovadora en varias dimensiones, pero querría preguntarte ¿cómo vieron la obra ustedes (el equipo de editores) insertándose en el campo de la historiografía chilena? ¿Les parecía que debía ser una especie de “estado de la cuestión” de la historiografía o tuvieron intenciones “rupturistas” respecto a ese campo?

IJ: Desde la partida compartimos el que no podía ser simplemente un “estado de la cuestión”, si bien cada capítulo de cada tomo debía incluir una reflexión historiográfica. Fuimos deliberadamente rupturistas en el sentido de apartarnos de la vieja perspectiva institucional de la política. Queríamos identificar nuevos actores, nuevas perspectivas metodológicas, y una mayor paridad tanto generacional como de género. Fuimos rupturistas además en cuestionar la cronología con la que frecuentemente se divide la historia del país. Defendimos el principio de que cada tema político tiene su propia cronología. A eso apostamos sin que nos preocupara cómo la historia política de Chile ha sido narrada hasta el momento. Nos motivó también el que se notaba demasiada ignorancia respecto de la historia política de Chile, sobre todo entre los políticos profesionales. Queríamos además romper el formato de compilaciones de trabajos presentados en congresos sin mayor coherencia o reciclados de publicaciones anteriores. Queríamos trabajos originales escritos al calor de múltiples instancias críticas.

EZ: Uno de los puntos que me resultaron más originales (y acertados) de la obra fue el haber dedicado uno de los cuatro volúmenes a los problemas económicos, generando un cruce muy productivo entre la historia política y la historia económica. ¿Cómo llegaron a esa decisión? ¿Hubo dudas al respecto o les pareció desde el inicio que esa aproximación funcionaba bien dentro del proyecto general de la obra?

IJ: Bueno, nos pareció impensable hablar de la historia política de Chile sin incluir una dimensión económica, lo mismo que hablar de economía al margen de la política. Por eso llegamos a elaborar una noción de “problemas económicos” en donde se destacara la intervención de (y la pugna entre) actores políticos como trabajadores organizados, empresarios, tecnócratas, partidos, movimientos campesinos y sociales. Nunca tuvimos dudas al respecto, gracias a que los editores como Andrés Estefane y Claudio Robles pertenecen a una generación de historiadores abiertos a considerar la dimensión económica en la historia política de Chile. El capítulo sobre la minería, por ejemplo, tiene datos, pero enfatiza sobre todo los conflictos laborales y las vulnerabilidades cíclicas internacionales.

EZ: Además del rigor académico con el que la obra fue producida, la colección, -como toda historia política-, tiene también la posibilidad de ser leída como una intervención en el debate público general. ¿Hubo discusiones sobre esto a lo largo del proceso de elaboración de los volúmenes?

IJ:Sí, por supuesto, sobre todo para enfatizar que los problemas políticos actuales deben abordarse desde una perspectiva histórica. Por ejemplo, el actual cuestionamiento de la política ¿es nuevo, oes parte de un cuestionamiento de las instituciones a lo largo de la historia? ¿Es Chile excepcional o parte de un contexto latinoamericano e internacional? ¿El siglo XIX es parte de la prehistoria o está presente en los problemas que seguimos enfrentando? Sí, queríamos influir en el espacio público y creo que lo estamos logrando porque nos acercamos a ámbitos más allá de lo académico. Fue simbólico el que el lanzamiento de la colección se realizara en el antiguo edificio del Congreso Nacional y que uno de los presentadores fuera el actual (2019) Ministro Secretario General de la Presidencia. También hemos participado en foros a lo largo del país, y lo seguimos haciendo.

EZ: Otro rasgo distintivo de la obra fue lo que podríamos llamar su proceso de producción. La invitación a comentaristas externos para trabajar en talleres junto a los autores discutiendo sus textos fue para mí, al menos, una experiencia muy interesante. ¿Cómo resultó desde el punto de vista de los editores? IJ: Esa fue una decisión muy importante y absolutamente necesaria. Cuando nos reunimos con los autores de cada tomo (dos talleres por tomo) enfatizamos el proceso de producción. Primero debían elaborar una propuesta para recibir comentarios (primer taller), y luego preparar una primera versión para recibir también comentarios (segundo taller). La versión final, supervisada por cada editor de los tomos, debía ser coherente con el propósito de la colección en general e incluir los aportes críticos de los colegas. En este proceso resultó indispensable la perspectiva de los comentaristas externos, que te incluía a ti en el tomo de Estado y sociedad editado por Francisca Rengifo; Hilda Sabato en el tomo de prácticas políticas editado por Juan Luis Ossa, Rory Miller en el de problemas económicos con los editores ya mencionados, y Carlos Altamirano en el de intelectuales y pensamiento político editado por Susana Gazmuri. Esto permitió dos cosas: una mirada externa y de conjunto, y que los editores pudieran apoyarse en los informes de cada comentarista externo para sugerir cambios o puntos de diálogo con los otros tomos de la colección. Además, los comentaristas aportaron un elemento comparativo que nos ayudó a superar el cliché del excepcionalismo chileno.

EZ: ¿Cuál es tu balance respecto a toda la experiencia? Viendo el resultado, ¿hubieras hecho cosas de otra manera? ¿Te parece que quedaron cosas fuera del proyecto que debieron ser incluidas? Y ¿cómo ha sido hasta ahora la recepción de la obra en el campo académico y por parte del público en general?

IJ: Es posible que se nos haya quedado algo fuera o que no haya sido cubierto con toda la extensión necesaria. Pero rescato el afán de acertar, de decidir colectivamente qué era indispensable cubrir. Y creo que lo logramos. La crítica académica ha sido generosa. Esto no quiere decir que no nos hayan criticado (por no representar suficientemente a los historiadores de algún sector político, por ejemplo). Como sabes, la aparición de reseñas en revistas especializadas toma su tiempo. Ya veremos. Pero por ahora lo que más me sorprende es la circulación. Es prácticamente inédito que en nuestro medio se vendan más de 2 mil ejemplares de un texto de esta naturaleza, como es el caso de nuestra colección. Pero en último término, lo más importante es que hemos no solo instalado una temática, sino que demostrado la importancia de una producción colectiva. Es una colección que simplemente no se puede soslayar. Pienso que sería muy útil para la historiografía latinoamericana que cada país tuviera una síntesis semejante. Haría mucho más atinadas las comparaciones y las visiones de conjunto.