Elías J. Palti, Una arqueología de lo político. Regímenes de poder desde el siglo XVII. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2018, 368 pp.

 

Por  Daniela Losiggio

 

Instituto de Investigaciones Gino Germani/CONICET;

Universidad Nacional Arturo Jauretche Universidad Nacional de Buenos Aires

Buenos Aires, Argentina

 

PolHis, Revista Bibliográfica Del Programa Interuniversitario De Historia Política,

Año 12, N° 24, pp. 178-180

Julio- Diciembre de 2019

ISSN 1853-7723

 

 

No resulta desmesurado considerar que Una arqueología de lo político constituye una prórroga aplazada de Las palabras y las cosas (1966). En efecto, inicia explicitando –entre otras preocupaciones– la necesidad de establecer las transformaciones políticas que subyacen los cambios epistémicos bien comprendidos por Foucault en 1966. Con ese objetivo, Palti examina no solo documentos estrictamente “políticos”, sino también archivos adyacentes, obras literarias, de las artes plásticas, la teoría de la música y la historia de las ciencias. Estos registros culturales le permiten “reconstruir aquellos procesos históricos” que dan lugar a “la emergencia de constelaciones político-conceptuales diversas” (p. 21). El autor sostiene que con la innovación de Carl Schmitt, lo político asumió una homogénea acepción como ámbito previo a la legalidad (la política) que, al mismo tiempo, la funda. Autores como Giorgio Agamaben, Ernesto Laclau y Slavok Žižek –entre muchos otros– la han dado por buena. No obstante, lo político tiene una historia: emerge de un tipo específico de “efecto de trascendencia” exigido por los distintos régimenes de ejercicio del poder a partir del siglo XVI (la denominada Schwellenzeit, que se despliega entre 1550 y 1650) y alcanza su límite en la época contemporánea. A diferencia de Koselleck, quien postuló que el período de la honda mutación conceptual hacia lo político-moderno tuvo lugar entre 1750 y 1850 (Sattelzeit), Palti propone que en la “Era de la Representación” (siglo XVI-XVII) se produjo la inflexión político-conceptual que inauguró lo político), luego rearticulado durante la “Era de la Historia” (siglo XIX) y que encuentra su punto cúlmine en la “Era de las Formas” (siglo XX); etapa que el autor agrega a la arqueología foucaulteana.

El capítulo primero aborda el nacimiento de lo político a fines del siglo XVI. Con el declive de las escatologías, emerge una estructura cultural determinada por las oposiciones entre lo externo y lo interno, lo superior y lo inferior, la justicia y el derecho, así como por “la imposible comunicación entre estos ámbitos” (p. 49). El Barroco invocó así la figura de un mediador que devuelve unidad a un mundo escindido. Pero esta mediación es siempre simbólica, se nos dice en el segundo capítulo, a saber, representativa, ilusoria, consuetudinaria. El monarca es el mediador por antonomasia; su poder político fluye inmaterialmente entre los cuerpos (corpus mysticum) y su cuerpo material es el símbolo de una fuerza que está en otro lado (corpus verum). Dos consecuencias se derivan de ello: de un lado, la sociedad excede la representación política; del otro, aunque simbólico o ilusorio, el poder político constituye un factor ineludible a la constitución de la comunidad. Este hecho imprime un sentido trágico al siglo XVII, como lo demuestran las obras literarias más significativas del Barroco: al igual que el héroe trágico, el monarca media entro dos vacíos, entre dos “nadas” (Hamlet).

Para conquistar un positivo “efecto de trascendencia”, el poder político debe –de algún modo– divinizarse, retirarse de la escena política terrenal. Durante los siglos XVIII y XIX (Era de la Historia), el monarca ya no es el encargado de gobernar ni de administrar: la soberanía se separa del gobierno; la justicia real se eleva, la oikonomía queda en manos de los funcionarios (es el nacimiento de la teología política). El tercer capítulo explica –con pericia irreprochable– el grito de independencia de las colonias: “Viva el rey, muera el mal gobierno”. En su sentido profundo, esa reclamación supone que la soberanía es aquello que hay que defender y, el gobierno, aquello pasible de ser atacado. La nación, o incluso el pueblo, obtienen un fondo de trascendencia y se convierten en potenciales depositarios de la soberanía; el gobierno es pasible de ser modificado (el pacto social que lo funda es también la opinión pública que lo mina). ¿Pero cómo es posible conformar una nación plena? Esta se confía ahora a la Historia, a un proceso que ya no depende de los sujetos, más bien opera a sus espaldas. El objetivo de la Historia es lograr una identidad entre gobernante y gobernados, entre sociedad y política.

Por último, lo político reaparece en la Era de las Formas (siglo XX), cuando el mundo es pensado como encuadre estructural y admite un sujeto que, a la vez, tiene capacidad de hendirlo (con destreza, Palti toma por caso el dodecafonismo musical). Ahora bien, ya hacia mediados del siglo XX los debates en torno al problema de la democracia y su fundición con el concepto de lo político (en el debate Schmitt-Kelsen, también en las obras de Lefort o Rancière) expresan una desubstancialización del sujeto (entendido como vago, etéreo, incapaz) que, al mismo tiempo, vuelve problemático el propio concepto de lo político. En adelante, se pone fin al dualismo de la trascendencia y la inmanencia que definió el campo de los político desde fines del siglo XVI. Queda así entreabierta la cuestión del Spielraum contemporáneo.

En suma, Palti nos enseña que la cuestión metodológica es también un problema político: que la tarea arqueológica se alcanza plenamente solo si recubre la elocuencia de América Latina.