loris Zanatta. Bergoglio. Una biografía política. Buenos Aires: Crítica, 2025, 396 pp.
Por Luis Alberto Romero
Academia Nacional de la Historia
Buenos Aires
Argentina
https://orcid.org/0009-0001-7898-3321
PolHis, Revista Bibliográfica Del Programa Interuniversitario De Historia Política,
Año 18, N° 36, pp. 196-198
Julio-Diciembre de 2025
ISSN 1853-7723
ARK-CAICYT
https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s18537723/g5z7h1rri
Desde hace cuarenta años, el historiador italiano Loris Zanatta viene estudiando la dimensión política del catolicismo en la Argentina y América Latina, y en particular el “populismo jesuita” contemporáneo. Cuando terminó su minucioso análisis de Fidel Castro -lo denominó “el último monarca católico”- escribió esta biografía política de Jorge Bergoglio (1938- 2025), desde 2013 llamado papa Francisco. En su opinión, el padre Bergoglio no fue un teólogo sino un militante peronista y un sacerdote guiado por una concepción integral e intransigente del catolicismo, enfrentado con la modernidad y el liberalismo.
El libro tiene cinco capítulos. En el primero, Zanatta estudia la formación de sus ideas, un tema poco conocido. En su adolescencia Bergoglio se hizo peronista e ingresó a la Compañía de Jesús. En los años sesenta formó sus ideas influido por el teólogo Lucio Gera, la filósofa Amelia Podetti y el filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré. Por entonces se relacionó con Guardia de Hierro, una agrupación peronista ortodoxa, enemiga del peronismo revolucionario. En la Orden ganó fama de habilidoso y combativo, y en 1973 el Superior, el padre Arruspe, lo puso a cargo de la provincia argentina.
En el capítulo dos aborda sus años de Provincial, entre 1973 y 1983. Le asignaron la misión de depurar la Orden de la “infiltración marxista”, muy visible en la Universidad del Salvador. Contó con el apoyo de los militantes de Guardia de Hierro, a quienes encargó la conducción de esa institución. Durante la dictadura se ocupó de proteger a los jesuitas amenazados por la represión, una tarea que cumplió eficazmente y en silencio. A partir de Conferencia episcopal de Puebla de 1979 se sumó a la corriente de la “teología del pueblo”, que desplazó a la “teología la liberación”. Por entonces Bergoglio terminó de madurar su concepción de la política y la religión, fundada en dos conceptos: la comunidad orgánica y el “pueblo de Dios”, los pobres, no contaminados por la modernidad y agentes de la resurrección de la comunidad cristiana, celeste pero también terrenal.
En 1983, con la elección de Alfonsín, hubo un gran impulso social a la democracia y al liberalismo, que también llegó a la Iglesia. La institución se adaptó trabajosamente al nuevo mundo, con profundas disidencias; Bergoglio militó en el bando de la reacción. En 1985, su carrera sufrió un traspié, y aprovechó el tiempo para viajar, iniciar una tesis doctoral, estudiar a Romano Guardini y tejer un vínculo con el influyente movimiento Comunión y Liberación. En 1990 monseñor Quarracino, nuevo arzobispo de Buenos Aires, lo rehabilitó designándolo obispo auxiliar de la diócesis. A su muerte, en 1998, Bergoglio lo sucedió como Arzobispo y presidente de la Conferencia Episcopal. Había llegado a la cúspide del poder de una Iglesia que, desde el retorno del peronismo, venía recuperando terreno.
El capítulo cuarto llega hasta su elección como Papa en 2013. En esos años, en los que enfrentó a Néstor y Cristina Kirchner, terminó de configurarse su imagen pública, de variadas facetas. Bergoglio era un hombre común, que hablaba con el vendedor de diarios, viajaba en tranvía y repartía limosnas silenciosamente. Era también un político, que en su sencilla oficina tejía sus redes hablando con todos los personajes influyentes. Con los “curas villeros”, que eran peronistas, armó una densa red en los barrios pobres. Desde el púlpito exhibió una autoridad mayestática, amonestando a los gobernantes en nombre de un cierto peronismo esencial, pero sobre todo en nombre del “pueblo de Dios”.
En el último capítulo se ocupa del papa Francisco. Siguió siendo Bergoglio, pero su horizonte se amplió y diversificó. Sus dotes de político práctico le permitieron controlar el poder en el difícil mundo vaticano, navegando entre sus conflictos sin naufragar. Militó en una renovación pastoral que acercara la Iglesia a los pobres de todo el orbe. En Italia se mostró sencillo y espontáneo, estimuló a los fieles a “hacer lío” y habló de temas sensibles para el sector progresista, como la ecología. Recorrió el mundo llevando un mensaje que adecuó a las circunstancias locales, pero que siempre incluyó la condena del capitalismo y la reivindicación de los “pobres de Dios”. Aunque en este libro no se ocupa de su relación con la Argentina -que trató en otro, “Puntero de Dios”- es sabido que nunca visitó el país, recibió cordialmente en Roma a todos los peronistas y apoyó a Cristina Kirchner luego del triunfo de Macri
En las conclusiones, Zanatta destaca la unidad esencial del personaje y su capacidad para adaptarse a los contextos más diversos, desde el seminario jesuítico hasta el Pontificado. Combinó la capacidad para hacer política con la fidelidad a una causa: la condena del mundo moderno y la reivindicación de los “pobres”.
Zanatta también tiene su causa -el laicismo, para resumirlo en una palabra- y como siempre lo ha hecho, en este libro la defiende militantemente. Pero lo hace con el rigor y la honestidad de un gran historiador.