Sergio Serulnikov, El poder del disenso, Cultura política urbana y crisis del gobierno español. Chuquisaca 1777-1809. Buenos Aires: Prometeo editorial, 2023, 568 pp.

Por Santiago Gaviña

 

Universidad  de Buenos Aires

Buenos Aires, Argentina

 

PolHis, Revista Bibliográfica Del Programa Interuniversitario De Historia Política,

Año 17, N° 33, pp. 165-167

Enero- Junio de 2024

ISSN 1853-7723

 

 

En esta obra, Sergio Serulnikov retoma la pregunta por el origen de los procesos revolucionarios de principios del siglo XIX a partir del estudio de la vida pública en Chuquisaca, hoy conocida como Sucre, desde su incorporación al virreinato del Río de la Plata en 1777 hasta el estallido revolucionario de 1809. Discutiendo con explicaciones extendidas en las últimas décadas, el autor pone el foco en los cambios que vivió la cultura política a partir de las reformas borbónicas, insertando el proceso revolucionario en una historia de mediana duración. Su argumento es que las tensiones provocadas por el ajuste imperial iniciaron el proceso de crisis del sistema colonial.

Chuquisaca era sede de la audiencia, del obispado y contaba con una prestigiosa universidad, lo que la dotaba de una fuerte identidad corporativa y de una intensa vida política. En ese marco, imposiciones como el aumento de las alcabalas, la instalación de tropas de línea en la ciudad y, más en general, las limitaciones a su autonomía como cuerpo fueron percibidas como agresiones por buena parte de la población, que hizo uso de la propia tradición colonial para defenderse. A través de estas experiencias, los repertorios de acción fueron resignificados y dieron forma a una cultura política cada vez más contestataria en la que participaban tanto patricios como plebeyos. Prácticas como la presentación de petitorios, el reparto de pasquines o las convocatorias a cabildos abiertos cobraron nuevos sentidos minando el sistema colonial antes de que se difundieran los anhelos independentistas. En términos del autor, en determinados contextos “cuando las axiomáticas verdades están bajo sospecha, conjurar los espíritus del pasado puede (…) volverse en sí mismo un hecho sedicioso” (p. 293).

La obra articula diversas escalas espaciales -pasando de lo local a lo regional y a lo imperial- y temporales -ligando procesos de larga duración con coyunturas específicas-. A su vez, es destacable la variedad de actores colectivos e individuales, algunos más conocidos como Ignacio Flores o Juan José Segovia y otros menos reconocibles para el lector no especializado, que encarnan el relato por momentos narrativo y por momentos analítico de la obra.

El libro comienza con un ensayo introductorio en el que el autor sintetiza el contexto historiográfico en el que se inserta el libro y su perspectiva general, y está compuesto de cuatro partes. La primera, titulada “Una esfera política pública” y formada por cuatro capítulos, examina la vida pública de Chuquisaca de la época desde una diversidad de experiencias colectivas e individuales, yendo desde la audiencia y sus recambios de ministros, al cabildo, las milicias y la circulación de informaciones a través de pasquines con las rebeliones andinas como telón de fondo.

La segunda parte se titula “El estallido” y consta de seis capítulos. Allí se abordan las revueltas populares que experimentó la ciudad en el período, poniendo el acento en los motines de 1782 y 1785. Nuevamente, los actores hicieron uso de recursos ya existentes de formas novedosas como las disputas a través de la prensa o en las calles. El rol de las milicias, legitimadas por su papel en las rebeliones andinas, fue clave en este proceso. Al final se analizan los debates en torno a la elección del rector en la universidad, espacio privilegiado de formación de las elites de la región.

La tercera parte, titulada “Debatir el imperio” y compuesta por tres capítulos, muestra de qué modo las experiencias previas habían moldeado una nueva cultura política en la cual lo que se discutía no era ya la gobernabilidad del sistema imperial, sino sus mismas bases de legitimidad. Así, los actores de la vida pública de la ciudad pusieron en crisis las pretensiones absolutistas de la monarquía sin por eso ser antimonárquicos.

En los tres capítulos que conforman la cuarta parte, titulada “La debacle”, se demuestra cómo estos cambios operaron en el contexto de la crisis monárquica iniciada en 1808. Según el autor, la invasión napoleónica funcionó como un catalizador de las transformaciones que venían ocurriendo en la cultura política, instalando la legitimidad del disenso como práctica. Desde esta óptica, “los sucesos europeos no engendraron las fracturas en el sistema político vigente, sino que contribuyeron a cristalizarlas y potenciarlas” (p. 450). 1808 sería, entonces, un punto de llegada y no un punto de partida.

El libro termina con un apartado titulado “¿Qué revolución?”, en el cual Serulnikov sintetiza lo desarrollado anteriormente y señala que “lo que colapsó durante la larga debacle del dominio español en Charcas fue la antigua sociedad de indias” (p. 538), subrayando otro aspecto destacable de la obra: la búsqueda de comprender las complejas relaciones entre la historia política y la historia social.