BERNARDO DE MONTEAGUDO Y SU ROL COMO PUBLICISTA (1811-1821).
UN ABORDAJE SOBRE SUS ESTRATEGIAS DE INTERVENCIÓN A PARTIR DE LOS PERIÓDICOS EDITADOS EN BUENOS AIRES, CHILE Y PERÚ.
BRUNO SPAGNUOLO
Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (CONICET-Universidad de Buenos Aires)
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires
Buenos Aires
Argentina
PolHis, Revista Bibliográfica Del Programa Interuniversitario De Historia Política,
Año 17, N° 33, pp. 3-42
Enero-Junio de 2024
ISSN 1853-7723
Fecha de recepción: 27/12/2023 - Fecha de aceptación: 19/06/2024
Resumen
El propósito del presente trabajo es abordar la figura de Bernardo de Monteagudo desde su rol de publicista. Se busca desentrañar sus estrategias de intervención en la esfera pública a partir de un análisis de los periódicos que editó a lo largo de su trayectoria revolucionaria. A su vez, prestaremos especial atención a los cambios en estas estrategias a partir de las transformaciones de las diversas coyunturas y contextos políticos que le tocó atravesar. De esta forma se busca aportar, a partir de un estudio de caso, a los trabajos que problematizan el rol de los publicistas letrados en el marco del proceso de Revolución y Guerra.
Palabras Clave
Bernardo de Monteagudo - Prensa - Política - Intelectuales - Independencia.
BERNARDO DE MONTEAGUDO AND HIS ROLE AS EDITOR (1811-1821).
AN APPROACH TO HIS INTERVENTION STRATEGIES BASED ON THE NEWSPAPERS PUBLISHED IN BUENOS AIRES, CHILE, AND PERU
Abstract
The purpose of this paper is to examine the figure of Bernardo de Monteagudo from his role as a editor. The aim is to unravel his intervention strategies in the public sphere through an analysis of the newspapers he published and edited throughout his revolutionary trajectory. At the same time, we will pay special attention to the changes in these strategies as a result of the transformations of the different political contexts and conjunctures he had to go through. In this way, we seek to contribute, based on a case study, to the research area that questions the role of intellectuals within the context of the Revolution and War process.
Keywords
Bernardo De Monteagudo - Press - Politics - Intellectuals - Independence
Bernardo de Monteagudo y su rol como publicista (1811-1821).
Un abordaje sobre sus estrategias de intervención a partir de los periódicos editados en Buenos Aires, Chile y Perú.
Introducción
Este trabajo busca inscribirse en un campo de estudios de gran actividad en las últimas décadas: la historia intelectual, con particular énfasis en el rol de la prensa y de los publicistas. Desde comienzos de este siglo, ha comenzado a crecer un campo de estudios que problematiza los escritos políticos, entendiéndolos como actos en sí mismos. Basados en la propuesta de la Escuela de Cambridge y, especialmente, en los aportes de Quentin Skinner (2000), se concibe a los escritos políticos como “acciones” producidas por actores concretos en y para un contexto de producción que, a la vez, posibilita su creación y es afectado por la misma. De esta forma, el objetivo es menos rastrear discusiones o problemáticas “inmanentes” o “atemporales” y más analizar la acción política de los sujetos en un momento y lugar determinados (Palti, 2007).
Desde esta perspectiva, el objetivo de este trabajo es el análisis del accionar de Bernardo de Monteagudo desde su rol de publicista. Abordaremos los periódicos que editó a lo largo de su trayectoria desde una óptica que privilegia la construcción de los mismos por sobre los discursos emitidos, con la intención de desentrañar sus estrategias de intervención en la arena pública. Para ello, nos enfocaremos en los periódicos que publicó, redactó y editó: la Gaceta de Buenos Aires y Mártir o Libre, entre 1811 y 1812; El Censor de la Revolución en Chile durante 1820; y El Pacificador del Perú de 1821.
La figura de Bernardo de Monteagudo ha sido especialmente interesante para la historiografía, no sólo por su larga trayectoria revolucionaria —desde Chuquisaca en 1809 a Perú en 1825— sino también por los cambios de posicionamiento que caracterizaron sus discursos. Noemí Goldman (1987; 1992) ha analizado su discurso político tanto en relación con Pazos Silva como a otros letrados de la radicalidad porteña; Villareal Brasca (2011) ha arrojado luz sobre varios pasajes de su trayectoria desde una perspectiva relacional; y Fabian Herrero (2005) ha actualizado su biografía política haciendo especial eje en los vínculos con diversos sectores de la política porteña.
Las tensiones y disputas políticas surgidas al calor de la naciente opinión pública (Goldman, 2000; Goldman & Pasino, 2009) colocaron en un lugar protagónico a los periódicos como herramientas para intervenir en la disputa política. La forma específica en que un editor construye su periódico —desde ya, inserto en un contexto semántico a tener en cuenta— es ilustrativa de su intencionalidad, en tanto muestra las diversas estrategias de intervención utilizadas (Pas, 2010; 2013; Pasino, 2022).
Desde esta perspectiva, los publicistas cobran especial relevancia. Myers (2008) los denominó “letrados patriotas”, sujetos munidos de un saber específico que se enfrentaron a la difícil tarea de definir a la patria en el mismo momento en que debieron crearla. En el marco de una crisis política sin precedentes y de su resolución a partir de la creación de legitimidades, instituciones y prácticas novedosas, estos letrados llevaron adelante constantes reacomodamientos en sus discursos y definiciones. Así, rescata la contingencia del contexto político, el peso de la experiencia de los sujetos y el reajuste del discurso a una realidad cambiante como claves de lectura para interpretar el accionar de los letrados.
Martínez Gramuglia (2012), afirma que lejos de ser sujetos unidimensionales, los publicistas tendieron a ser, también, funcionarios públicos. Si en el “letrado patriota” la hechura de la naciente patria se plantea como su definición, con este aporte aparece un aspecto institucional relevante. Los sujetos que vertían escritos políticos a la esfera pública aparecen como actores enteramente comprometidos con el proceso revolucionario de creación discursiva e institucional. En este marco, la creciente concepción del proceso revolucionario americano como uno de características específicas no generalizables —ante el peso de la inestabilidad y los vaivenes de la guerra en una lucha que se extendió por más de una década— fue afianzando la noción de que la experiencia personal de los actores tenía mayor autoridad que los análisis abstractos (Rosetti, 2023: 137-151). Así, los discursos y las herramientas de intervención muestran un recorrido de reacomodamiento y transformación, producto de la multiplicidad de fenómenos que atravesaron el largo proceso de Revolución y Guerra.
Entre la Gaceta de Buenos Aires y Mártir o Libre (1811-1812)
Bernardo de Monteagudo arribó a Buenos Aires a fines de 1811, ya consumado como un revolucionario de experiencia. Había participado en los levantamientos de Chuquisaca de 1809, por los que fue condenado a prisión (Just Lleó, 1994; Serulnikov, 2022). Fugado al recibir rumores de la existencia de un ejército proveniente de Buenos Aires, se sumó a las filas del Ejército Auxiliar del Perú luego de la batalla de Suipacha, donde fue nombrado auditor. Formó parte del círculo íntimo de Juan José Castelli y emprendió un largo y penoso recorrido con él y Juan Antonio González Balcarce en su vuelta a Buenos Aires tras la derrota de Huaqui en junio de 1811 (Wasserman, 2011; Vedia y Mitre, 1950; Villarreal Brasca, 2011).[1]
En la capital, fue editor de la Gaceta de Buenos Aires entre diciembre de 1811 y marzo de 1812, y de Mártir o Libre hasta mayo. A lo largo de este periodo, podemos ubicar dos grandes etapas: el punto divisorio fue la reunión de la Asamblea en abril de 1812 y su disolución por parte del gobierno del Primer Triunvirato.
En la primera etapa, Monteagudo pivoteó entre dos roles concomitantes: el de pedagogo y el de polemista. Ambos están en directa relación con el nacimiento de la opinión pública en el marco de la apertura revolucionaria. La élite ilustrada, destinada a ser la protagonista de la opinión pública mediante la publicación de periódicos, debía esclarecer los principios que fundamentarían la acción política. Tenía la doble tarea de llevar adelante un debate para su esclarecimiento racional y, por otro lado, difundir los conocimientos necesarios para ampliar la capa poblacional que podía participar del debate público. Estas tareas originarias rápidamente entraron en tensión con la vocación direccionadora de la opinión de los gobiernos de turno. En la medida en que avanzaba la faccionalización de la política y la discusión pública en torno a las distintas posibilidades sobre los sistemas de gobierno que se le abrían a la Revolución, la concepción unanimista sobre la que reposaba la visión de la opinión pública fue encontrando sus límites. La combinación de gobiernos débiles y breves, una institucionalidad siempre provisional y portadora de una legitimidad disputada, sumadas a una prensa cada vez más facciosa, dio por resultado la limitación —más o menos autoritaria— de la libertad de imprenta. Esto se tradujo en una gran sucesión de reglamentos, aplicaciones y formas de limitación (Goldman, 2000; Goldman & Pasino, 2009).[2]
La segunda etapa mostró una suerte de aprendizaje donde los roles ejercidos por Monteagudo fueron menos cristalinos y las estrategias utilizadas para sus intervenciones públicas fueron más variadas y complejas. El rol de pedagogo se fue diluyendo y el de polemista se hizo menos directo. Sin embargo, el análisis de los recursos utilizados nos permitirá observar una vocación de incidir en la arena pública desde un lugar que prioriza más la discusión política coyuntural que los debates intra-élite en busca de principios rectores para la acción de gobierno, sin por ello abandonar este plano.
Monteagudo llegó a Buenos Aires como parte de la oficialidad derrotada en Huaqui, aunque él, a diferencia de sus camaradas, no fue sometido a juicio por la derrota. Su primera intervención en la prensa estuvo directamente ligada a esta experiencia. La Gaceta publicó un artículo en que su editor, Vicente Pazos Silva, criticaba con vehemencia la actuación de los oficiales del Ejército Auxiliar del Perú. Monteagudo respondió en una carta, publicada en el número siguiente, en la que polemizó abiertamente con Pazos Silva, citando la frase que este había utilizado al referirse a los miembros del ejército como “sacrílegos profanadores de nuestra causa”.[3] A partir de allí, utilizó una doble argumentación: defendió de manera vigorosa la actuación de los miembros del ejército y acusó a Pazos Silva de no respetar el principio de inocencia de un orden liberal y “aventurar juicio prematuro”.[4] Lo infrecuente de la práctica nos obliga a destacar que firmó la carta con su nombre completo: “Dr Bernardo de Monteagudo”.[5]
A partir de esta respuesta, el Primer Triunvirato lo nombró editor de la Gaceta. La disposición se enmarcaba en el rol que el gobierno debía ocupar como direccionador de la opinión pública. El nombramiento de Monteagudo tenía por objetivo ampliar el espacio de debate intra-élite, que daría por resultado un mejor desentrañamiento de los principios rectores que debían guiar la acción de gobierno. De esta forma, Pazos Silva editó los días martes y Monteagudo los días viernes. Así, si bien el rol de polemista fue elegido por Monteagudo al enviar su contestación a Pazos Silva, ahora contaba con el aval del gobierno.
La polémica entre ambos se extendió, con diversas intensidades, hasta marzo de 1812 y ha sido abordada por la historiografía desde diversas perspectivas.[6] En este artículo nos centraremos en los recursos utilizados por Monteagudo en ella. En esta primera etapa, privilegió los artículos de tipo editorial donde buscó estructurar un discurso que definiera a los enemigos de la revolución.
Sus primeras intervenciones como editor se dieron poco después del “motín de las trenzas”, ocurrido en el mes de diciembre de 1811.[7] El discurso que Monteagudo esgrimió en ese contexto fue del todo cristalino: “¿Quién no ve que el 18 de diciembre fue el crepúsculo funesto del 6 de abril?”. La unidad que buscó crear entre los saavedristas y el levantamiento entroncaba directamente con la desconfianza que el gobierno guardaba frente a los diputados de la Junta Conservadora, a quienes el editor acusó de facciosos que buscaban crear anarquía. Sin embargo, fue más allá al plantear que “Goyeneche celebró con fastuoso apuro las noticias del 5 de abril, este es un hecho”.[8] De esta forma adscribía la derrota de Huaqui a la facción saavedrista presente en el Ejército Auxiliar del Perú. La sociabilidad creada en el ámbito marcial ubicó a Monteagudo dentro del espacio del morenismo pero, a la vez, otorgó a sus reflexiones sobre el ejército la autoridad de quien había formado parte del mismo. La frase “este es un hecho”, junto con su firma en la carta inaugural, buscaban afirmar la relevancia que su propia experiencia otorgaba al diagnóstico. A su vez, aunque sin plantearlo francamente, su propio posicionamiento ubicaba a Pazos Silva, quien nunca dejó de polemizar con él, como su adversario. De esta forma, aunque no fuera evidente por su historia, en el discurso de Monteagudo su antagonista se tornaba casi inmediatamente en saavedrista.[9]
Este discurso experimentó una transformación en enero de 1812 con la partida de Pazos del rol de editor de la Gaceta y su traslado a El Censor (Canter, 1924). Monteagudo quedó como único editor de la publicación oficial, mientras que simultáneamente se fundó la Sociedad Patriótica, de la cual fue su primer presidente. Esta asociación comenzó a atacar a Pazos Silva desde diversos ámbitos. En la vía pública, las ediciones de la Gaceta que contenían el artículo “Variedades”[10] fueron quemadas por miembros de la Sociedad, mientras Julián Álvarez respondía a través de un artículo comunicado.[11] A su vez, José Agrelo denunció un número de El Censor ante la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta (Eiris, 2019).[12]
Así, el discurso de Monteagudo comenzó a girar cada vez más claramente en torno a la necesidad de declarar la Independencia y de ubicar a los españoles en el rol de enemigos. El discurso independentista fue de la mano con el olvido por el encono al saavedrismo y, en cambio, un novedoso —aunque sutil— cuestionamiento al gobierno. Si bien continuó privilegiando los artículos de tipo editorial, sumó otros recursos. Quizás el ejemplo más claro fue su intervención en un decreto que otorgaba ciudadanía a D. Diego Winton titulado “El Gobierno Superior Provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata a Nombre del Sr. D. Fernando VII”. En llamada al pie, el editor reflexionó: “(a) Qué cosa tan extraña dar título de ciudadano a nombre del rey ¡Oh máscara tan inútil como odiosa a los hombres libres!”.[13] Es de destacar que el decreto no contenía la fórmula “Artículo de Oficio”, de rigor en las inserciones del gobierno en el periódico, lo que nos permite pensar que fue decisión del editor insertarlo. Sobre estas reflexiones de Monteagudo, Pazos Silva opinó con vehemencia: “Es preciso que el editor haga primero ateos y materialistas a los buenos americanos, para que luego les pueda hacer creer que los juramentos son una burla”.[14]
A su vez, Monteagudo otorgó espacio en el periódico para difundir la fundación de la Sociedad Patriótica, la edición de su “Oración Inaugural” y el anuncio del lugar y periodicidad de sus sesiones.[15] No parece casual que el discurso más vehemente en contra del gobierno se diera en el marco de un decreto —publicado en El Censor— que limitaba el campo de acción de la Sociedad Patriótica. Al referirse al tema planteó: “¿no es esto tiranía y un paso al despotismo? (...) Hombres libres huid, huid de un lugar donde va a renovarse el humillante cuadro de nuestra antigua esclavitud".[16]
En paralelo a lo que hemos definido como el rol de polemista, cobró relevancia su papel como pedagogo. La concepción de la función didáctica de la prensa es notoria cuando, al definir el objeto de los papeles públicos, planteó que “su fin es atacar las preocupaciones y desplegar la verdad a los ojos del pueblo”.[17] Por ello, en ese mismo artículo instó al gobierno a obligar a curas y generales a leer y explicar la prensa a sus fieles y soldados. Si bien es posible encontrar marcas de esta función en los editoriales entre diciembre y febrero,[18] el mejor ejemplo de su rol como pedagogo son las “Observaciones Didácticas”, sección que se extendió entre febrero y abril, continuando de la Gaceta a Mártir o Libre.
Aunque concebida para ser leída de forma aislada, la “sección” mantuvo una organización interna: comienza con un “Exordio”, tiene un “Paréntesis” y, finalmente, un “Concluyen”. Si poco antes había deseado Monteagudo que “Ojalá se dedicara algún celoso patriota a formar un catecismo político para la instrucción general”,[19] las “Observaciones Didácticas” bien podrían pensarse como su intento por crearlo. Sostenidas en un lenguaje contractualista y iusnaturalista,[20] no buscaban dialogar directamente con la coyuntura ni personalizar la discusión pública, sino que se presentaban como discursos abstractos de filosofía política que, no por ello, evitaban incidir en las discusiones públicas. Así, en la sección se argumentaba el derecho de los pueblos a su LIBERTAD —en mayúsculas— y el inalienable derecho a su Independencia. Se enfatizaba en el carácter de esclavos de los americanos bajo la colonia para justificar la ilegitimidad de todo pacto o juramento de fidelidad realizado a la metrópoli. A su vez, se reivindicaban las libertades civiles como inalienables y al pueblo como el propietario último de la soberanía. Al definir algunos derechos clave como la LIBERTAD, la igualdad y la seguridad, se buscaba demostrar que los americanos no gozaban de ninguno de ellos. Así, aunque tuvieran un rol pedagógico más que polemista, es claro que pretendían reforzar la prédica independentista que recorría todo el periodo.
La transformación de las “Observaciones Didácticas” estuvo directamente ligada a la modificación del panorama político porteño. En marzo, el gobierno oficializó el llamado a una Asamblea para abril, cuyo objetivo era reemplazar un triunviro (Ternavasio, 2007: 108-109). Sin embargo, Monteagudo vio en ese órgano la potestad para sancionar una Constitución y declarar la Independencia. Lejos de ser una voz en soledad, El Censor también comenzó a argumentar a favor de ampliar las potestades de la Asamblea. En este marco, apareció el “Paréntesis a las Observaciones Didácticas” en que se denunciaba el triunfo de los argumentos pragmáticos sobre los políticos al exclamar: “sigamos con la máscara de Fernando, dicen algunos, las circunstancias no permiten otra cosa ¡Oh circunstancias, cuándo dejaréis de ser el pretexto de tantos males!".[21] A partir de esta declaración, la sección comenzó a dialogar directamente con la coyuntura política de la ciudad: “El gobierno debe recibir del pueblo su constitución”.[22]
El acuerdo entre los dos periódicos de la capital puso a prueba los límites de la libertad de imprenta. Esta era la tensión subyacente en el juego de la opinión pública. La prensa debía asumir un rol de contralor sobre la acción de gobierno, mientras este evitaba sus “desbordes”. La limitación de los desbordes y su coincidencia con los intereses de gobierno sería una constante de este periodo (Goldman, 2000; Dibarbora, 2022). El Triunvirato optó por cerrar El Censor y desafectar a Monteagudo de la Gaceta.
Una semana después, apareció Mártir o Libre, concebido como una continuidad de su labor en la Gaceta, cuyo reflejo es el sostenimiento de las “Observaciones Didácticas”. Al tomar nota de la fortaleza del gobierno, modificó su posicionamiento: “Bien sé que la Asamblea no puede fijar por sí sola la Constitución (..) Pero no sucede lo mismo con la Independencia”.[23] En la siguiente —y última— aparición, propuso la creación de la figura de un Dictador cuyo mandato fuera la declaración de Independencia y la convocatoria a una nueva Asamblea que sancionara un texto constitucional.[24]
De esta forma, aunque las “Observaciones Didácticas” plantearon desde su nombre el propósito pedagógico que las inspiraba, ante circunstancias que se concibieron urgentes, modificaron su carácter y comenzaron a polemizar directamente con el gobierno. No parece un dato menor que Monteagudo haya sentido la necesidad de justificar este viraje en un “paréntesis”.
En la segunda etapa, abierta tras la disolución de la Asamblea, la fisonomía de Mártir o Libre se modificó: desaparecieron las “Observaciones Didácticas” y disminuyó considerablemente la cantidad de artículos de tipo editorial, que habían sido estructurantes de su práctica como editor. A partir de su tercer número, este tipo de artículos tienen un carácter menos categórico que en el período anterior, versando sobre el tema de las facciones. Apareció una enérgica condena al faccionalismo, aunque acompañada por una explicación de su origen.[25] Argumentó que el temor a una conjura generaba la creación de grupos de interés, los chismes y las rencillas.[26] Estos males florecían cuando primaba la denuncia privada por sobre la acusación pública, concluyendo que el mejor remedio contra el faccionalismo era la composición de un sistema político que privilegiara la segunda sobre la primera. Esta intención por comprender sus causas y hallar una solución política aparece como una novedad frente a la regla general que entendía a la represión como única solución posible (Souto, 2014).
En este periodo, entonces, Mártir o Libre se estructuró alrededor de sus abundantes transcripciones y reproducciones. Destacan por su cantidad y funcionamiento dos conjuntos: las transcripciones de El Duende Político y las reproducciones de discursos provenientes de Estados Unidos. Alejandra Pasino (2019) ha encontrado las modificaciones que Monteagudo realizó en el primer conjunto, las cuales incluyen algunos títulos y la eliminación del adjetivo “español” en palabras como “pueblo”, buscando generalizar las nociones de los artículos. A su vez, la autora llamó la atención sobre las referencias poco claras al periódico, alternando su nombre completo con abreviaciones y nombres alternativos, sin aclarar tampoco locación o fecha, como era costumbre habitual en la época. Lo llamativo es que, en todos los casos, las temáticas que abordan las transcripciones de este periódico giran en torno a conceptos de corte contractualista y iusnaturalista. Temáticas que Monteagudo no solo manejaba, sino que también había escrito sobre ellas. En una de las escasas explicaciones a las transcripciones, podemos encontrar alguna clave para entender el objetivo de esta operación: “se verá que (...) en todas partes hay hombres libres e intrépidos que desprecian la saña de los déspotas”.[27]
Por otro lado, los discursos provenientes de Estados Unidos tienen otro carácter, dado que versan sobre la realidad de la guerra de Independencia y, más importante aún, Monteagudo los intervino extensamente con notas al pie con dos objetivos: aclarar datos fácticos sobre el proceso —como la fecha de Independencia de Estados Unidos— y señalar a quiénes debían ir dirigidos los ataques en Hispanoamérica.[28] Así, frente a la amenaza de muerte esgrimida contra los enemigos de la Revolución, aclaró “(a) Cada uno de nosotros debía decir esto mismo con respecto a España lleno de un santo furor”, y lo mismo ocurrió cuando se mencionaba a los enemigos: “(a) Así nos reímos de los mandatarios de Montevideo, de los marinos de Cádiz y del imbécil Goyeneche”.[29] La imagen positiva que se tenía en Buenos Aires del proceso de Independencia norteamericana no parece un dato menor de la decisión de insertar estos discursos (Di Meglio, 2016). Con esta estrategia, el editor se permitía sostener un discurso de violencia contra los enemigos de la revolución, pero apoyado sobre una fuente de autoridad con gran aceptación en Buenos Aires.
Aunque el discurso independentista pasó a un segundo plano, se sostuvo en la publicación. El pactismo se sustentó en las transcripciones de El Duende Político mientras que la prédica más virulenta, en los discursos estadounidenses. El panorama se completaba con la inclusión de noticias de otras latitudes que daban cuenta de la inevitabilidad de la derrota española.[30] Así, vemos cómo entre abril y mayo, Monteagudo construyó Mártir o Libre desde una variedad de recursos que, aunque no colocaban la voz del editor en primer plano, bregaba por la declaración de Independencia desde múltiples argumentos. Al mismo tiempo, se permitía reflexiones aparentemente abstractas —estas sí en la voz del editor— sobre la construcción de gobierno y la naturaleza de las facciones.
El periódico cambió de fisonomía una última vez en el segundo aniversario de la Revolución. Este número fue concebido como el último de Mártir o Libre: no solo lo anunció al final de la edición, sino que también alteró el epígrafe.[31] Íntegramente compuesto por dos artículos editoriales, rompió la lógica de los últimos meses. El artículo más extenso es “Ensayo sobre la Revolución del Río de la Plata desde el 25 de mayo de 1809”, seguido por el “Apéndice de las observaciones de este periódico”.
El “Ensayo” es, a la vez, una historia de la Revolución y la definición de su carácter independentista en el que puso en juego toda su experiencia revolucionaria. Datar la Revolución en 1809 le permitió hacer uso de la primera persona. Se posicionó en el centro del levantamiento de Chuquisaca, del que había participado, adscribiéndole un carácter independentista desde su origen. Describió en primera persona la brutal represión llevada a cabo por las tropas virreinales en Charcas y La Paz tras la derrota. Finalmente, ubicó su participación en el Ejército Auxiliar del Perú y el fusilamiento de los represores de Chuquisaca como parte del “terrible pabellón de la venganza”[32] que Buenos Aires enarboló en 1810. En el segundo artículo, mucho más corto en extensión, realizó un llamamiento a todos los sectores de la sociedad para luchar hasta la muerte por la patria y la libertad.
La primera persona que utiliza a lo largo de todo el número le permite a Monteagudo erigirse en intérprete válido de la Patria y la Revolución y, desde ellas, realizar un llamado en favor de la Independencia (Weinberg, 2007). A su vez, refuerza su propia experiencia como autoridad de enunciación del relato expuesto. La distancia que puso entre su voz y el discurso de violencia en los números previos quedó aquí eliminada. Al igual que en su primera intervención vía Artículo Remitido con firma completa, la experiencia de Monteagudo se erigió en autoridad desde la cual explicar la Revolución, de la cual él mismo había sido parte desde su inicio.
Tras el final de Mártir o Libre, la importancia política de Monteagudo en la capital no cesó de crecer. Aunque no es este el espacio para realizar una historia del Primer Triunvirato, el vuelco a la acción política por parte de Monteagudo estuvo directamente ligado a la alianza entre la Sociedad Patriótica y los militares de la Logia venidos de Inglaterra, quienes consolidaron sus posiciones en la arena política hasta que, el 8 de octubre, tomaron el gobierno e inauguraron el Segundo Triunvirato. Entre 1813 y 1815, Monteagudo ofició como diputado por Mendoza en la Asamblea del Año XIII y fue una figura de gran ascendencia en el alvearismo. No obstante, no tenemos registros fehacientes de que hubiera editado periódicos en ese periodo, lo que parece coincidir con la práctica de los letrados que solían intercalar el rol de publicista con el de funcionario (Martínez Gramuglia, 2012). En 1815, con la caída del Gobierno, se llevó adelante un juicio que acusó a todo el Gobierno del crimen de facción. El destacado rol de Monteagudo le valió una de las máximas penas: el exilio.
El Censor de la Revolución (1820)
Su exilio europeo duró hasta 1817 cuando fue requerido por José de San Martín para regresar a América y unirse a la maquinaria del Ejército de los Andes.[33] Llegado a Chile tras la victoria de Chacabuco, rápidamente se convirtió en hombre de confianza tanto de San Martín como de Bernardo de O’Higgins. Entre 1817 y 1820, no editó ningún periódico aunque aparecieron algunos escritos de su pluma.[34] A pesar de ello, la relevancia política adquirida fue muy importante, siendo un momento sobresaliente su actuación en el juicio a los hermanos Juan José y Luis Carrera tras la derrota de Cancha Rayada (Bragoni, 2012). Fue esta actuación la que le valió la reprimenda de San Martín, quien bregaba por la redención o intrascendencia de los enemigos más que por su muerte, como lo demostraría con la quema de cartas de chilenos a los fidelistas posterior a Cancha Rayada (Bragoni, 2019). Su exilio interno en San Luis fue breve, y quedó en libertad tras participar en la represión del alzamiento de españoles en 1819 (Pastor, 1935), reincorporándose a Chile, aunque con una relación ya menos estrecha con los dos Libertadores.
Entre el 10 de abril y el 20 de julio de 1820, Monteagudo editó en Chile El Censor de la Revolución. El periódico constó de un prospecto y siete números impresos en la Imprenta del Gobierno, llevando como epígrafe una frase latina de los Epigramas de Marco Valerio Marcial, acompañada de su traducción al español.[35] Según su prospecto, el periódico debía salir los días 10, 20 y 30 de cada mes, sin embargo esto solo se respetó hasta el quinto número del 30 de mayo. En los números finales, su aparición fue más espaciada: el sexto se publicó el 20 de junio y el séptimo el 10 de julio. El periódico tuvo una nítida ruptura en su estilo en el quinto número, catalizada por el Pronunciamiento de Riego en la Península.
En la primera etapa, El Censor estuvo planteado como un periódico de autor en tiempos de relativa paz. La sección que inició todos los números fue el “Cuadro Político de la Revolución”.[36] Esta serie de artículos consistía básicamente en las reflexiones propias de Monteagudo en torno al carácter, destino y obstáculos de la Revolución, basadas en su propia experiencia como revolucionario. La sección puede compararse con las “Observaciones Didácticas” en el sentido de que ambas son secciones que estructuran sus periodos y donde el editor buscó vertir sus reflexiones ordenadamente. Sin embargo, las similitudes no se extienden más allá de este punto. En esta sección es donde se hace explícita la ampliamente conocida transformación del pensamiento de Monteagudo. Aunque no es este el espacio para abordarla, baste decir que si en Mártir o Libre había utilizado editoriales para explicar el surgimiento de las facciones; en Chile las define como el problema central que ha tenido la Revolución para garantizar su éxito. A su vez, ubica su formación en cualquier Asamblea, Cabildo o institución similar que habilite la participación ciudadana. Es por ello que ahora, a diferencia de en Buenos Aires, se expresó directamente en contra de un ordenamiento constitucional.
A su vez, las estrategias de intervención son bastante distintas. El “Cuadro Político de la Revolución” carece enteramente de las reflexiones filosóficas abstractas en clave iusnaturalista que caracterizaron a las “Observaciones Didácticas”. Además, aparece escrito en primera persona en sintonía con el creciente peso de la experiencia personal como clave interpretativa del proceso revolucionario tras una década de duración (Rosatti, 2023).
La composición del periódico durante sus primeros cinco números, más allá de la sección que hemos abordado, se basó en artículos de tipo editorial. Entre ellos, encontramos un conjunto referido a la Expedición Libertadora del Perú, cuya planificación ya se encontraba en marcha pero cuyo retraso Monteagudo fustigaba como imperdonable. Es llamativo el tono de estos artículos que tiene una fuerte carga belicosa para con el gobierno. Su contradictoria relación con San Martín y O’Higgins ha sido la clave de lectura para algunos autores que adscribieron esta violencia al rol que jugó en las disputas internas entre los dos Libertadores (Silva Castro, 1958; Vedia y Mitre, 1950). Más allá de los motivos ulteriores que pudiera tener, lo cierto es que la prédica de Monteagudo ubicaba la Independencia del Perú en un lugar de gran trascendencia. Entendiendo al sujeto de la Revolución como la entera geografía sudamericana, sostenía que sin la Independencia peruana, todo el proceso revolucionario permanecía aún en riesgo. Estos artículos fueron respondidos por el propio gobierno, que editó un suelto llamado Apología del Mérito inicuamente calumniado, en que se defendió de las críticas y, aunque no negó las dilaciones, argumentó que las mismas se debían a la falta de voluntad de un sector de la población más que al propio gobierno, que había mostrado gran voluntad a pesar de estar franqueado por enemigos, entre los que incluye a la anarquía del Río de la Plata.[37]
En el periódico aparece un homenaje al 25 de mayo que habilita una comparación con el de Mártir o Libre, dadas las enormes diferencias entre sí. Para empezar, mientras el realizado en 1812 abarcó un número completo de edición especial, el de 1820 fue apenas un artículo entre varios en el número. A la vez, la fecha de inicio de la Revolución ha virado de 1809 a 1810, condicionando el tono general del homenaje. Si 1809 permitió una interpretación de la Revolución como un evento de carácter espontáneo, vertiginoso, violento y en constante peligro, 1810 es presentado con características antagónicas. La Revolución de Buenos Aires se describe como ordenada y permanentemente triunfante. El ejercicio de la violencia se presenta reservado únicamente para el ejército que, a su vez, actúa en plena armonía con un pueblo que le rinde homenaje. Esta visión del ejército se expresa en una anécdota de Castelli que el propio Monteagudo relata.[38] Una vez más, la experiencia revolucionaria personal del editor se erige en autoridad del discurso. La Revolución en 1820, a diferencia del relato cargado de sangre de 1812, “expresa un placer lleno de ternura”.[39]
Hemos mencionado que el periódico fue concebido para tiempos de paz. Esto no solo se refleja en el espacio para la reflexión, sino en la aparición de una gran cantidad de artículos ligados a la miscelánea. Son doce a lo largo de esta primera etapa y se destaca la sección “Diario Meteorológico” que apareció hasta el 30 de mayo, siendo la única sección formal existente además del “Cuadro Político”. Lejos de ser una novedad en los periódicos de la época, este tipo de artículos entronca con los cambios acaecidos en la prensa a partir de la década del ‘20, cuando comenzaron a incluir lo “dulce” y lo “útil” como dignos de mención (Goldgel, 2013). Sin embargo, nos parece importante mencionarlo, dado que es el único caso en que Monteagudo inserta artículos de esta naturaleza. No lo había hecho antes y no lo haría después. Esta práctica da cuenta de la noción que tenía sobre los usos contemporáneos en la prensa, así como su ausencia —sobre todo posterior— muestra el tipo de periódico que buscaba construir. No parece casual que las “misceláneas” desaparezcan en la segunda etapa de El Censor de la Revolución.
Como hemos mencionado, el Pronunciamiento de Riego fue un parteaguas en el periódico chileno. Si bien se habían dado noticias sobre el levantamiento en números previos,[40] fue a partir del quinto número que las noticias se hacen certeras y alteran la fisonomía del periódico, que no solo modifica la composición de sus artículos sino que comienza a espaciar su aparición. Los números correspondientes al 30 de mayo y 20 de junio aparecieron saturados de transcripciones y reproducciones, dejando espacio a la voz del editor solo en el “Cuadro Político de la Revolución”. Estas transcripciones y reproducciones pueden dividirse en tres grupos. Por un lado, aquellas que daban cuenta de la insurrección en la península, destacándose por su vaguedad. Unas afirmaban el triunfo y avance del levantamiento y otras su derrota.[41] Monteagudo solo intervino estas noticias con un pequeño artículo editorial para destacar que, sea cual fuera el caso, lo que estaba confirmado era que las tropas destinadas a reprimir a los americanos no se habían embarcado.[42]
El siguiente grupo de reproducciones estaba compuesto por las noticias de los territorios revolucionarios de América. Unas daban cuenta de la disposición al combate, centralmente las provenientes de Salta y Colombia/Venezuela, y las otras de la estabilidad institucional de estos espacios. Llama la atención que este segundo conjunto se refiriera al espacio rioplatense. A partir de insertar noticias sobre modificaciones institucionales llevadas a cabo pacíficamente en Buenos Aires y Cuyo,[43] Monteagudo pareciera querer contrarrestar la imagen tumultuosa dejada por la “Anarquía del Año XX”. Por último, se publicaron cartas provenientes de Perú que relataban una desastrosa situación en el espacio fidelista, jaqueado por la vocación independentista de sus ciudadanos y la debilidad de sus armas.[44] A su vez, ilustraban la crueldad española a partir de testimonios de los abusos sufridos por parte de los soldados en cautiverio.[45]
La inserción de estas noticias, sumada a la continuidad del “Cuadro Político de la Revolución” que se concentró en alabar a los gobiernos y ejércitos revolucionarios, devolvía un cuadro que hacía inmejorable el momento para lanzar la Expedición. La pérdida de refuerzos en la península, la voluntad independentista de los ciudadanos peruanos, la disposición de las tropas revolucionarias del Norte y el Sur para apoyar los esfuerzos bélicos en Perú, y la estabilidad de los gobiernos revolucionarios generaban un combo que urgía a lanzar la campaña. El 10 de julio apareció el último número del periódico, en el que se anunciaba en letras de molde la partida de la Expedición Libertadora del Perú. Monteagudo iría en ella. Su siguiente y último periódico se publicaría en ese escenario de guerra.
El Pacificador del Perú (1821)
El 8 de septiembre de 1820 desembarcó en Paracas la Expedición Libertadora del Perú al mando de San Martín. Desde 1818, tras la batalla de Maipú, el Libertador había iniciado una campaña publicística distribuyendo libelos y panfletos a través de sus redes de espías en territorio peruano (Peralta Ruiz, 2021). A partir de 1819, la flota de esta expedición, comandada por el Almirante Thomas Cochrane, había hostigado las costas de Perú, y un aspecto clave de su accionar fue la distribución de impresos. El desembarco del Ejército Unido Libertador del Perú en las costas peruanas reforzó estas prácticas. Desde su cargo de Secretario de Guerra, Monteagudo fue el coordinador de la campaña de prensa de la expedición (Vedia y Mitre, 1950; Bragoni, 2019). Cuando aún no había transcurrido un mes del desembarco, el 5 de octubre, apareció el primer ejemplar del Boletín del Ejército Unido Libertador del Perú, editado en la imprenta volante que había llevado consigo el cuerpo. De poca sofisticación editorial, el periódico se publicó hasta el 20 de junio de 1820 con una frecuencia quincenal durante 1820 y mensual en 1821. Con una extensión limitada a dos páginas por número, el boletín estaba compuesto en su totalidad por "Órdenes del Día" y partes de guerra, con ocasionales aportes editoriales. El periódico buscó transmitir una sensación de vorágine y victoria. Corto, conciso y repleto de acciones de guerra de diversa envergadura, todas con salida airosa para el Ejército Unido.
La importancia otorgada por San Martín al “poder de la opinión” hizo de esta el eje central de su campaña. A diferencia de la estrategia utilizada en Chile, con grandes batallas definitorias, el Libertador estaba decidido a ingresar a Lima “como libertador y no como conquistador” (Bragoni, 2019). La campaña de prensa no solo inició antes del hostigamiento marítimo, sino que también fue el eje ordenador de la empresa. Las acciones militares se redujeron a enfrentamientos de tipo guerrillero para garantizar el control de la sierra. Esta campaña de pequeña escala, liderada por Juan Antonio Álvarez de Arenales, no buscaba destruir la capacidad bélica del adversario, sino apoyar con las armas revolucionarias la voluntad independentista del pueblo peruano. Así, el objetivo de San Martín era menos el combate militar y más la espontánea adhesión de pueblos e individuos, centralmente de soldados virreinales, a las fuerzas revolucionarias. De allí la enorme trascendencia otorgada al aparato de prensa. El Boletín reflejó esta estrategia al otorgar números especiales a sus dos logros más resonantes. El pasaje del Batallón de Numancia a las filas libertadoras fue relatado en los números del 8 y el 14 de diciembre, y la declaración de Independencia de Trujillo a cargo del Marqués de Torre-Tagle en el número del 4 de enero de 1821.
El avance del ejército sobre la sierra peruana y la declaración de independencia de varios pueblos permitió a San Martín sancionar el 12 de marzo de 1821 el “Reglamento para el gobierno de los pueblos libres del Perú”. Un mes después, apareció el primer número de El Pacificador del Perú, un periódico que buscó sofisticar y robustecer la campaña de prensa. Editado en la imprenta de J.A. López y Compañía - no volante - el formato era más elaborado que el del Boletín. Con una mayor extensión por número y una frecuencia de edición cada diez días, también contaba con figuras decorativas en el encabezado de cada número. Si el Boletín hacía eje en el Ejército Unido, El Pacificador del Perú se encargaría de dibujar el rostro del enemigo, ocupándose de denunciar las actitudes de las tropas y autoridades virreinales. Probablemente el síntoma más claro de la unidad entre los periódicos es la inclusión en su encabezado del lugar de edición, siempre coincidente entre ambos y con el Cuartel General.[46] En la ubicación podemos encontrar también pistas sobre el distinto rol de las publicaciones: mientras el Boletín siempre precedía el nombre de la localidad con la frase “Cuartel General”, El Pacificador del Perú omitía esa fórmula.
A tono con su mayor sofisticación, El Pacificador del Perú contó con un prospecto que anunciaba el periódico y exponía su objetivo: la lucha contra los españoles, cuyo gobierno de América calificaba de ilegítimo e insultante.[47] Así, en los primeros números el periódico se estructuró con el estilo clásico de Monteagudo, centrado en artículos de tipo editorial. En este caso, los mismos buscaron retratar a los españoles como sujetos crueles y ambiciosos por naturaleza, opuestos a los americanos a quienes definía como dignos defensores de su libertad. A la vez, se planteaba el argumento de que la suerte de la guerra ya estaba decidida en favor de América, dado que tenían de su lado la opinión de la población. Por último, negaba la posibilidad de que un pueblo bárbaro como el español pudiese regirse por un orden liberal y llamaba “insidiosa y quimérica manía” a la propuesta de jurar la Constitución de Cádiz como salida negociada del conflicto.[48]
Sin embargo, el periódico muy rápidamente alteró ese formato para dar paso a uno compuesto por reproducciones y transcripciones. Esta alteración se produjo con la aparición del denominado “Índice”, una sección que estructuró el periódico hasta el 20 de mayo. Se trata de una ordenada transcripción de documentos de diversa extensión y naturaleza, que habían sido secuestrados a los españoles, remitidos desde Lima al editor. Estos documentos están numerados del 1 al 13 y de allí la denominación de la sección. Los documentos de mayor relevancia, por la extensión que ocupan, estuvieron relacionados con el “Motín de Aznapuquio”, en que el Virrey Joaquín de la Pezuela fue reemplazado por José de la Serna a través de un levantamiento militar.[49] El “Índice” transcribió varias cartas cruzadas entre ellos y las autoridades peninsulares. Las acusaciones entre ambos sirvieron a Monteagudo para dar carnadura a su prédica. Mientras La Serna justificaba su accionar en la conducta despótica de Pezuela y la desesperada situación militar de las fuerzas virreinales, el Virrey depuesto argumentaba que su remoción respondió solo a la codicia e intención de lucro y mérito por parte de una camarilla de militares. Monteagudo cruzó estas transcripciones con breves artículos editoriales, ya sea con la excusa de presentar los documentos o la de explicarlos, para direccionar el eje de lectura: no se centraba en la legitimidad del levantamiento, sino en la crueldad, tiranía y codicia de los españoles.
De esta forma, el editor cedió en buena medida la palabra, que solo apareció en breves intervenciones. El objetivo era que fuesen los propios actores quienes dieran carnadura a su prédica. Si en Mártir o Libre las reproducciones y transcripciones funcionaban como citas de autoridad, y en El Censor de la Revolución lo hicieron como fuente de información sobre la que apoyar su discurso, en El Pacificador del Perú cedieron la palabra a los actores del proceso, aunque siempre enmarcados por la interpretación del editor.
El “Índice” se interrumpió abruptamente el 30 de mayo. Los motivos se hicieron explícitos: el armisticio producto del inicio de las Conversaciones de Punchauca.[50] Es de destacar esta interrupción dado que es el propio Monteagudo quien concebía al “Índice” como un arma del ejército y, por ello, lo suspendió en vistas del armisticio. Sin embargo, el periódico continuó su edición. No ocurrió lo mismo con el Boletín, que tras anunciar el inicio de las conversaciones desapareció hasta el 20 de junio, cuando ya había pocas esperanzas sobre una conclusión favorable de las negociaciones. De todas formas, la irregularidad de su frecuencia no nos permite afirmar categóricamente una intención de interrumpirlo.
A lo largo del periodo que abarcó la tregua de Punchauca, El Pacificador del Perú sostuvo su fisonomía: reproducciones y transcripciones intervenidas con breves artículos propios, aunque aparecieron dos editoriales de mayor extensión elogiando la posibilidad de una paz negociada y evaluando sus ventajas. Las transcripciones y reproducciones que aparecieron en este periodo fueron de naturaleza muy variada, incluyendo desde partes de guerra de los ejércitos de Bolívar hasta transcripciones de la obra de De Pradt.[51] Sin embargo, el conjunto más importante por su cantidad y su extensión fueron los artículos remitidos desde Lima. La sola aparición de los mismos cumplía un doble objetivo en la guerra de propaganda: por un lado, hacía explícita la densa red de espionaje que el ejército tenía en la capital; por otro lado, reforzaba un eje central de la prédica sanmartiniana: la vocación independentista de los peruanos en general y los limeños en particular. Sumado a ello, el contenido de las mismas tendió a hacer eje en el estado de carestía en que se encontraba Lima. En las prédicas se pintaba un panorama decadente y se culpaba de ello a las autoridades virreinales y su obstinación en continuar una guerra ya perdida en los hechos. El más relevante de estos artículos, no solo por su extensión sino también por su peso institucional, fue sin dudas la representación que un grupo de capitulares de la ciudad presentó a La Serna. El contenido en sí mismo no era original para el periódico: carestía en Lima, predisposición de la población a favor de la independencia e infructuosidad de los esfuerzos por resistir el avance Libertador. Probablemente las palabras más trascendentes hayan sido “La felicidad de la capital y de todo el reino pende tan sólo de la paz, y éste de un sí de V.E.”,[52] frase que hacía directamente responsable a la Serna de la continuidad de la guerra y el estado de carestía generalizado. La novedad radicaba en la trascendencia institucional del emisor y del destinatario. Habiendo sido los capitulares limeños electos bajo la reinstauración de la Constitución gaditana, podían ostentar la legalidad de la carecía La Serna (Peralta Ruiz, 2010).
Así, a pesar de la suspensión del “Índice”, el periódico mantuvo su formato de transcripciones, aunque perdió homogeneidad al carecer de su sección estructurante. Sin embargo, la apesadumbrada marcha hacia el fracaso de las Conversaciones de Punchauca generó primero confusión y luego una gran vorágine cuando se catalizaron los acontecimientos tras su final. Esto llevó a que El Pacificador del Perú no solo modificara nuevamente su fisonomía, sino que también le impidió adoptar una forma que se estabilizara en el tiempo. Sin dudas, la aceleración de los acontecimientos que produjo el abandono de Lima por parte de las fuerzas virreinales jugó un rol importante en esa inestabilidad. A su vez, es insoslayable el hecho de que Monteagudo no solo fue parte sino actor central de estas transformaciones. En pocas semanas pasaría de ocupar el rol de publicista —de todas formas, un papel significativo por las características ya mencionadas de la Expedición— a convertirse en el hombre fuerte del Protectorado, Ministro de Estado y encargado de motorizar las reformas revolucionarias en Lima. Esto ocurrió en un contexto en que San Martín estaba aquejado por dolencias, tensiones internas en el Ejército y la necesidad de negociar con Simón Bolívar el destino de los ejércitos revolucionarios de América.[53] Estos factores explican por qué, a partir de aquí, no podemos hablar de un formato estable y debamos realizar un análisis, casi número por número, de El Pacificador del Perú.[54]
El décimo número, parece volver al formato abandonado tras la tregua, retomando el “Índice”, aunque sería su última aparición. Esta vez, sin embargo, se abandonó la temática que giraba en torno al motín de Aznapuquio y se transcribieron cartas de altos funcionarios coloniales en las que se afirmaba que la resistencia a la Revolución era una causa perdida. Según este diagnóstico, las estrategias de San Martín “son dirigidas a sublevar a los pueblos, cuya empresa les es muy fácil por la adhesión de todos generalmente al sistema disidente”.[55] Este mismo número, a su vez, nos confirma la aceitada comunicación entre los dos periódicos ligados al ejército, dado que se concluyó con la reproducción de los partes de las operaciones de Miller, que habían sido interrumpidas en el último número del Boletín.
El siguiente número, fechado el 20 de julio, es el último publicado antes del ingreso a Lima. En este, se transcribieron las cartas cruzadas entre La Serna, el Marqués de Montemira y San Martín, en las que se confirmaba el abandono de las tropas virreinales de la ciudad, la solicitud del Marqués para que el ejército revolucionario ingresara a la misma y la aceptación del Libertador.[56] La edición cerró con un artículo editorial de Monteagudo, quien ya no puso el acento en la guerra —a la que consideraba terminada y victoriosa tras estos eventos— sino en la tarea de reconstrucción que debería llevarse a cabo en el Perú.
La siguiente edición del periódico debió esperar más de un mes, siendo la primera publicada en Lima el 25 de agosto.[57] En una suerte de “edición especial”, rompió con todos los formatos previos y estuvo íntegramente compuesto por un artículo editorial en que Monteagudo repartió loas a toda la acción de gobierno llevada a cabo desde el ingreso a Lima.[58] A diferencia de lo sucedido en el número 9 de Mártir o Libre e incluso en el último número de El Censor de la Revolución, nada en la paratextualidad del periódico tiende a dar cuenta de que es una edición especial. No se alteraron el epígrafe, ni los adornos, tampoco el tamaño de la tipografía e incluso el artículo que abarca todo el periódico no tiene título. Si bien la ruptura con el formato anterior permite considerarla una edición especial, esta idea se ve matizada por la falta de estabilidad que ha caracterizado a las ediciones recientes.
Finalmente, el último número del periódico apareció el 1 de septiembre y pareció buscar una nueva fisonomía y un tono más reflexivo. Transcripciones de un discurso presidencial de Estados Unidos y partes de guerra de Bolívar le permitieron a Monteagudo reflexionar sobre el destino de América. A su vez, se anunciaron medidas de gobierno y se transcribió el estado de cuenta de la Casa de la Moneda de Lima al 20 de agosto. Si bien parece querer retomar el formato de otros periódicos suyos como Mártir o Libre o alguna etapa de El Censor de la Revolución, el periódico concluyó con este número, dando cuenta de las dificultades que la febril actividad de gobierno imponía sobre la tarea de editor. La falta de anuncio sobre el final de El Pacificador del Perú nos permite especular con que su terminación no fue demasiado planeada, sino producto de dificultades personales del editor. Dado el alto cargo que ocupaba como funcionario del Protectorado, dudamos seriamente de que las dificultades hubieran sido económicas o materiales.
Consideraciones Finales
A lo largo de este trabajo, hemos buscado abordar las estrategias de intervención de Monteagudo en la arena pública desde su rol de publicista. En este marco, surgen algunas consideraciones. Probablemente, la más importante de ellas sea la plasticidad y adaptabilidad que tuvo su actuación en la prensa, en función de los diversos contextos políticos en que le tocó desarrollar la tarea. Estas modificaciones estuvieron siempre ligadas al rol jugado por su experiencia en una larga trayectoria.
La prioridad otorgada por Monteagudo a los artículos de tipo editorial es la continuidad más notoria a lo largo de sus periódicos, aunque tuvieron transformaciones a lo largo del tiempo. Desde los artículos orientados hacia un rol pedagógico, como fueron las “Observaciones Didácticas”, hasta otros que priorizaban la experiencia revolucionaria por sobre las abstracciones filosóficas y citas de autoridad en el “Cuadro Político de la Revolución”. De la misma forma, el uso de la primera persona que en Mártir o Libre aparece solo como prédica final de un discurso construido a lo largo de varios meses, en El Censor de la Revolución fue el recurso privilegiado. En El Pacificador del Perú, en cambio, el editorial aparece sólo esporádicamente y como forma de reforzar una lectura determinada sobre las reproducciones del periódico, al menos hasta el ingreso a Lima. Allí, vuelve a aparecer como recurso privilegiado aunque sin lograr estabilizarse en una sección.
Las transcripciones y reproducciones aparecieron en Buenos Aires y Chile como una estrategia producto de la transformación del contexto político, aunque siempre con el objetivo de reforzar su prédica editorial. Si esto es evidente en las noticias sobre el Levantamiento de Riego en Chile, en Mártir o Libre las reproducciones de El Duende Político y transcripciones de discursos estadounidenses sustituyen su propia voz luego de la muestra de fuerza por parte del gobierno. En Perú, la carga se invirtió pero se sostuvo la dinámica: las transcripciones como eje estructurante a partir del denominado “Índice”, pero apuntaladas por breves editoriales que explicitaban la crueldad española. Idéntico ejercicio realizó con las misivas provenientes de Lima que se acompañaron de explicaciones sobre la inevitabilidad del triunfo revolucionario.
Si bien es posible identificar un formato preferido por Monteagudo en la construcción de sus periódicos, es igualmente cierto que este formato estuvo lejos de ser estático. La modificación en la preeminencia de un tipo de artículos sobre otros lejos estuvo de responder a una preferencia estilística, más bien fue el resultado de la adaptación a las diversas coyunturas políticas. La plasticidad mostrada en la construcción de sus periódicos no hace sino confirmar la intención performativa con la que los arrojó a la arena pública. Esta capacidad de adaptación a la situación —cuya efectividad nos es imposible de medir, aunque su búsqueda es elocuente— entronca con la concepción de los periódicos como herramientas desde las que intervenir en la discusión política.
La concepción de la prensa como un arma política por parte de Monteagudo tuvo, sin dudas, su demostración más clara en la suspensión del “Índice” a raíz de la tregua de Punchauca. Sin embargo, estuvo lejos de ser la única: la prédica en favor de la Independencia y la militancia en pos de ampliar las potestades de la Asamblea de 1812 —aunque fallidas— son muestra de la capacidad de incidir en la coyuntura política que le otorgaba a los periódicos. Más aún, la respuesta en forma de suelto a las críticas de Monteagudo en Chile por la dilación en la Expedición Libertadora es un ejemplo elocuente de la resonancia que la prensa tenía en los círculos gubernamentales.
Para evidenciar la tensión entre los roles de letrado y funcionario en la trayectoria de Monteagudo, basta con resaltar que ninguno de sus periódicos fue editado en los momentos de mayor relevancia institucional. En Buenos Aires, sus publicaciones funcionaron como el vehículo para construir los espacios políticos con los que recién entre 1813 y 1815 ocuparía el rol de diputado de la Asamblea. Por su parte, El Censor de la Revolución aparece después de que su relación con los Libertadores se rompiera, dejándolo en virtual orfandad. Pero, a la vez, El Pacificador del Perú nos ofrece en sus últimos números un ejemplo de la imposibilidad de estabilizar un formato periódico en el marco de altas responsabilidades institucionales y un contexto de transformación permanente. Como hombre fuerte del Protectorado y motorizador de las reformas en Lima, le fue imposible sostener un periódico cuya frecuencia se dilató, luego tensionado su rol, para terminar desapareciendo sin siquiera un aviso.
Bernardo de Monteagudo murió víctima de una puñalada nocturna en un callejón de la ciudad de Lima en 1825, mientras ostentaba en ese momento el grado de coronel. Dado que no tenemos registros de que haya participado en acciones bélicas desde un rol de soldado, quizás este dato sea el más relevante para dar cuenta de la efectividad que sus contemporáneos otorgaban a su actuación como letrado, así como una invitación a ahondar en el rol de los letrados en la ya famosa “carrera de la revolución”.
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[1] La temática de la experiencia en la biografía de Monteagudo y su trayectoria en el Alto Perú la hemos abordado en algunos trabajos previos, ver Spagnuolo (2017; 2022)
[2] El Reglamento de Libertad de Imprenta sancionado por el Triunvirato incluía, entre otras cosas, la creación de la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta. Para un análisis en detalle de las novedades incluidas en este Reglamento, ver Pasino (2013 ) y Dibarbora (2022).
[3] Reflexiones de Juan Sintierra sobre los defectos de las cortes, publicado en El Español nº13”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 6, 21 de noviembre de 1811, p. 24.
[4] “El Vasallo de la Ley al Editor”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 8, 29 de noviembre de 1811, pp. 30-31
[5] Para un análisis sobre las características de las cartas al editor en este período ver Durán López (2018).
[6] Canter (1923); Goldman (1987); Eiris (2017).
[7] El “motín de las trenzas” es el nombre con el que se conoce el levantamiento del Regimiento de Patricios ocurrido en diciembre de 1811, en protesta, supuestamente, por la orden que mandaba a cortar sus distintivas trenzas. El levantamiento tuvo en vilo a la ciudad por varios días, y la represión fue sangrienta. Para un análisis del episodio y las interpretaciones que se le dieron ver Di Meglio (2007 pp. 116-122).
[8] Todas las citas en “Causa de las Causas”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 14, 20 de diciembre de 1811, p. 53-54 (negrita nuestra).
[9] La trayectoria de Pazos Silva en Pasino (2018, pp. 11-37).
[10] “Variedades” fue el artículo más incendiario de Pazos Silva en el marco de la polémica con Monteagudo (Gaceta de Buenos Aires, núm. 17, 31 de diciembre de 1811, p. 65-66).
[11] “Señor Editor”, en El Censor, núm. 2, 14 de enero de 1812, pp. 5-7.
[12] “Concluyen las reflexiones sobre la independencia de Caracas”, en El Censor, núm. 9, 3 de marzo de 1812, p. 35.
[13] “Artículo de Oficio”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 25, 21 de febrero de 1812, p. 98.
[14] “Política” en El Censor, núm. 8, 25 de febrero de 1812, p. 30.
[15] “Aviso”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 19, 10 de enero de 1812, p. 76, “Apertura de la Sociedad patriótica”en Gaceta de Buenos Aires, núm. 20, 17 de enero de 1812, p. 80, “Nota”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 24, 14 de febrero de 1812, p. 96.
[16] “Reflexión sobre el oficio del Gobierno al intendente de policía”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 27, 6 de marzo de 1812, p. 107.
[17] “A los funcionarios públicos”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 16, 27 de diciembre de 1811, pp. 63.
[18] “Patriotismo”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 18, 3 de enero de 1812 pp. 69-70; “Pasiones”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 19, 10 de enero de 1812, pp. 73-74, “El Editor”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 20, 17 de enero de 1812, pp. 77-78; “Reflexiones Políticas”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 21, 24 de enero de 1812, pp. 81-82 y “El Editor”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 22, 31 de enero de 1812, pp. 85-86.
[19] “A los funcionarios públicos”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 16, 27 de diciembre de 1811, pp. 63
[20] Las “influencias” filosóficas de corte iusnaturalista y contractualista como así también las ilustradas en general en los discursos de Monteagudo, han sido analizadas extensamente por Silvana Carozzi (2014; IV).
[21] Gaceta de Buenos Aires, núm. 28, viernes 13 de marzo de 1812, p. 110.
[22] “Observaciones Didácticas”, en Gaceta de Buenos Aires, núm. 29, 20 de marzo de 1812, pp. 113-114.
[23] “Continúan las Observaciones Didácticas”, en Mártir o Libre, núm. 1, 29 de marzo de 1812, p. 6.
[24] “Concluyen las Observaciones Didácticas”, en Mártir o Libre, núm. 2, 6 de abril de 1812, p. 15.
[25] En la lógica unanimista de la primera década revolucionaria, las voces “partido” y “facción” funcionaron en buena medida como sinónimos, ambos conteniendo una fuerte carga negativa. Se concebía a la facción como un conjunto de hombres que representaban un interés particular, sin tener en cuenta el bien común que debía regir en la discusión pública. De esta forma, los facciosos eran por definición un mal social que impedía el ordenamiento político y eran disruptores de la discusión pública (Souto, 2014).
[26] “El Editor”, en Mártir o Libre, núm. 5, 27 de abril de 1812, p. 40 y “Política”, en Mártir o Libre, núm. 6, 4 de mayo de 1812, p. 46.
[27] “s/t”, en Mártir o Libre, núm. 5, 27 de abril de 1812, p. 38.
[28]“Discurso”, en Mártir o Libre, núm. 5, 27 de abril, pp. 33-36; “El Grito de la Libertad”, en Mártir o Libre, núm. 6, 4 de mayo de 1812, pp. 41-45 y “El Grito de la Libertad”, en Mártir o Libre, núm. 7, 11 de mayo de 1812, pp. 49-51.
[29] “El Grito de la Libertad”, en Mártir o Libre, núm. 6, 4 de mayo de 1812, pp. 43-44.
[30] “Caracas”, en Mártir o Libre, núm. 4, 20 de abril de 1812, pp. 30-31 y “Capítulo interesante de una carta de Santiago de Chile”, en Mártir o Libre, núm. 6, 4 de mayo de 1812, pp. 47-48.
[31] Mientras en los primeros ocho números el epígrafe fue “La República, la vida de todos ustedes, ha sido hoy, por el sumo amor que nos tienen los Dioses inmortales, salvados del incendio y de la matanza. Salvándolos de un hado adverso y siéndoles restituida y conservada la Patria” en el último optó por “Pensad en vosotros, mirad por la patria, salvad vuestras personas, la de vuestras mujeres e hijos, y vuestros bienes: defended el nombre y la existencia del Pueblo Romano”. Ambas frases provenían de Las Catilinarias de Cicerón (Traducción a cargo de Camila Zito Lema a partir del latín original)
[32] “Ensayo sobre la Revolución del Río de la Plata desde el 25 de mayo de 1809”, en Mártir o Libre, núm. 9, 25 de mayo de 1812, pp. 61.
[33] Para un análisis sobre el exilio de Monteagudo ver Villareal Brasca (2011).
[34] Con su propio nombre circuló la Relación sobre la Gran Fiesta Cívica celebrada en Chile el 12 de febrero de 1818 encargada por el gobierno. A su vez, él mismo en carta a O’Higgins dice haber participado de la redacción del Acta de Independencia de Chile (Vedia y Mitre, 1950 II; 163).
[35] “Sunt bona, sunt quedam mediocria, sunt mala plura. Hay algunas cosas buenas, otras medianas y muchas malas’ Mart. Epig. 17 L.1”.
[36] En rigor, en el primer número el artículo de tipo editorial que lo inicia carece de título. Sin embargo, funciona sin dudas como una suerte de “Prefacio” al “Cuadro Político de la Revolución”. Otra excepción es el artículo del último número que, a modo de conclusión, se tituló “Estado Actual de la Revolución”. Damos cuenta de estas salvedades a pesar de que no alteran la valoración.
[37] “Apología del Mérito Inicuamente Calumniado”, en Colección de Antiguos Periódicos Chilenos, Ediciones de la Biblioteca Nacional, 1963, pp. 414-419.
[38] “Anécdota del Año Diez”, en El Censor de la Revolución, núm. 4, 20 de mayo de 1820, p. 5.
[39] “Veinticinco de Mayo”, en El Censor de la Revolución, núm. 4, 20 de mayo de 1820, p. 5.
[40] “Insurrección de España” en El Censor de la Revolución, nº 2, 30 de abril de 1820 y “Revolución de España, en El Censor de la Revolución, nº 3, 10 de mayo de 1820.
[41] Las fuentes de estas noticias son mayoritariamente transcripciones de cartas de distinta procedencia, y algunos periódicos de Inglaterra como el Liverpool Advertiser, el Bell’s Weekly Messanger y el Liverpool Mercury (“Insurrección en España”, en El Censor de la Revolución, núm. 5, 30 de mayo de 1820, pp. 3-5)
[42] “Santiago de Chile, 30 de mayo” en El Censor de la Revolución, núm. 5, 30 de mayo de 1820, pp. 5
[43] “Venezuela”; “Cuyo”; “Salta”; , en El Censor de la Revolución, núm. 5, 30 de mayo de 1820, pp. 5-6. Las rioplatenses refieren a la convocatoria de una Asamblea en Cuyo y el nombramiento de Idelfeso Ramos Mejía como Gobernador interino de Buenos Aires.
[44] “Lima”, en El Censor de la Revolución, núm. 6, 20 de junio de 1820, p. 6.
[45] “s/t”, en El Censor de la Revolución, núm. 5, 20 de junio de 1820, p. 5.
[46] Para el Boletín fue Pisco en los dos primeros números, “A Bordo” en el tercero, Supe el cuarto y quinto, Huaura hasta el décimo tercero y Barranca los últimos dos. Para El Pacificador del Perú fue Huaura en los dos primeros números (10 y 20 de abril de 1821, respectivamente), Barranca hasta el onceavo (del 20 de julio de 1821) y Lima en los últimos dos (25 de agosto y 1 de septiembre de 1821).
[47] El Pacificador del Perú, Prospecto (sin fecha), única página.
[48] “s/t”, El Pacificador del Perú, núm. 1, 10 de abril de 1821, p.2.
[49] Para un análisis del levantamiento de Aznapuquio ver Mazzeo (2016).
[50] Para un detallado análisis del proceso negociador en América a partir del Trienio Liberal en la península ver Martínez Riaza & Moreno Cebrián, 2014.
[51] La incorporación de De Pradt se inserta en un debate atlántico entre este e Hipólito Da Costa desde el Correio Braziliense Pimenta (2010).
[52] “Artículo Remitido” en El Pacificador del Perú, núm. 8, 20 de junio de 1821, pp. 3
[53] Aunque no es el espacio para tratarlo aquí, el rol de Monteagudo como Ministro de Estado ha sido abordado profusamente por la historiografía peruana. Las interpretaciones diversas en torno al rol refractario que tuvo la sociedad limeña con su ejercicio gubernamental pueden verse en McEvoy (1996) y Ortemberg (2009).
[54] Debemos hacer una mención a la cuestión de las fechas en relación con el periódico que estamos trabajando en este apartado. El 10 de julio, fecha del ingreso a Lima, es la fecha del número 10 de El Pacificador del Perú. El número siguiente, editado también en “Barranca” llevó por fecha el 20 de julio. Para el 20 de julio ya estaba declarada la Independencia peruana y el ejemplar en cuestión no hizo referencia a ello. La centralidad de Monteagudo en el gobierno limeño nos hace desconfiar de la posibilidad de que al tucumano le haya llevado más de diez días ingresar a la Capital. Se puede especular con la posibilidad de que El Pacificador del Perú incluyera una fecha más adelantada de aquella en que realmente se editó, por el tiempo que el periódico demoraba en llegar a las distintas localidades. Sin embargo, tampoco esta hipótesis podemos comprobarla. Somos conscientes de la inconsistencia de las fechas para los números 10 y 11 del periódico y queremos hacer expreso que aún no hemos podido encontrar explicación a la misma. Si bien podría tratarse de un error de imprenta, se hace difícil asegurarlo dado que el error, en lugar de ser corregido, se sostuvo a lo largo de dos números.
[55] “s/t”, en El Pacificador del Perú, núm. 10, 10 de julio de 1821, p. 3. Cursiva del original.
[56] Lima tuvo una posición compleja a lo largo de la Expedición Libertadora. Tomada por Pezuela como eje de resistencia, fue esta estrategia uno de los motivos que llevó a su deposición. A la vez, el rol simbólico de la capital peruana fue clave para los revolucionarios que en todo momento buscaron evitar un enfrentamiento militar con la ciudad. Por último, los temores de la sociedad limeña jugaron un rol central en la invitación a que ingrese el ejército de San Martín (Arrambide & McEvoy & Velázquez, 2021: III)
[57] Cabe destacar que el rol que le cupo ocupar en el Protectorado llevó a que se asumiera cierta influencia en la prensa editada en ese momento. Es probable que El Pacificador del Perú no hiciera un racconto de la Declaración de la Independencia porque había sido ya realizado por la Gaceta del Gobierno de Lima Independiente, sobre el que Monteagudo ejercía influencia (Moran, 2017). Incluso Guerrero Lira plantea la posibilidad de que haya censurado un número de El Sol del Perú (Guerrero Lira, 2016).
[58] Las felicitaciones por la acción de gobierno del Protectorado no dejaban de ser auto elogios. Monteagudo ocupó un destacado lugar en algunas de las medidas más relevantes del gobierno como la creación de la Orden del Sol y la expulsión de españoles peninsulares (Rabonovich, 2016; Abarca, 2006; O’Phelan Godoy, 2012).