“Y UN DÍA LA MIRADA NACIONAL QUEDÓ ATRÁS”.

A PROPÓSITO DE LA APARICIÓN DE REPÚBLICAS SUDAMERICANAS EN CONSTRUCCIÓN. HACIA UNA HISTORIA EN COMÚN, EDITADO POR NATALIA SOBREVILLA Y DE INDEPENDENCIAS, REPÚBLICAS Y ESPACIOS REGIONALES. AMÉRICA LATINA EN EL SIGLO XIX, COORDINADO POR LUIS CASTRO CASTRO Y ANTONIO ESCOBAR OHMSTEDE

 

nora souto

Instituto de Historia Argentina y Latinoamericana "Dr. Emilio Ravignani", Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas/ Universidad de Buenos Aires.

Buenos Aires, Argentina

 

 

PolHis, Revista Bibliográfica Del Programa Interuniversitario De Historia Política,

Año 16, N° 32, pp.247 -259

Julio- Diciembre de 2023

ISSN 1853-7723

 

 

Pandemia mediante y con un brevísimo intervalo han aparecido dos importantes compilaciones que reúnen un número considerable de trabajos sobre la formación de nuevos estados en América Latina tras la crisis del imperio español y las consiguientes guerras de independencia. El origen de ambas obras está ligado a proyectos colectivos transnacionales que posibilitaron la participación de historiadores iberoamericanos y españoles en un caso (Proyectos FONDECYT con sede en las Universidades de Chile, Tarapacá y Católica del Norte) y de sudamericanos en otro caso (Beca de la Fundación Leverhulme, 2015-2018).

Con el bagaje de más de una década de producción y de los balances historiográficos motivados por la conmemoración, en ambos lados del atlántico, de los bicentenarios de las revoluciones de independencia hispanoamericanas, estas dos obras se proponen revisar un tema clave: la construcción de los estados nacionales que hoy conocemos, descartando la lente solo atenta a lo “nacional” y a lo sucedido en el espacio delimitado por las fronteras nacionales vigentes. Pero si unas mismas palabras clave identifican a estos dos libros -las repúblicas y su proceso de construcción, el siglo XIX y una América latina observada desde una pluralidad de escalas territoriales- la estrategia diseñada por los editores en cada caso es bien distinta.

Luis Castro Castro y Antonio Escobar Ohmstede coordinaron a un nutrido conjunto de historiadores iberoamericanos y españoles especialistas en sus respectivas historias nacionales, convencidos de la potencialidad de las historias regionales y/o locales. A través de ellas se proponen visibilizar las acciones y reacciones de actores sociales, políticos y étnicos inmersos en comunidades de alcance regional y/o local frente a la voluntad homogeneizadora de una élite gobernante “centralizadora” en el proceso de formación de las naciones y ligada sobre todo a la creación de ciudadanos iguales ante la ley. Más allá del éxito o el fracaso de esos desafíos que alumbraron vías alternativas de construcción de esos estados, Castro Castro y Escobar Ohmstede juzgan imprescindible el conocimiento de esos proyectos, actuaciones y luchas así como de las tensiones jurisdiccionales, sociales y étnicas y de los conflictos en torno a la organización política para comprender de modo integral cómo se moldearon las actuales repúblicas. Con la compilación de estos trabajos los editores aspiran a mostrar que el proceso de formación de las naciones estuvo lejos de ser lineal y/o unidireccional -desde el centro a la periferia-  y de allí su interés por dejar de lado la caracterización del estado como “como un cuerpo homogéneo, donde todas sus instituciones y autoridades se mueven a la par y hacia un fin específico” y pensar más bien en “una multiplicidad de prácticas e instituciones de gobierno” (p. 23).

Tras la introducción de los compiladores, catorce de los quince capítulos del libro se agrupan en cuatro secciones que dividen a América Latina en regiones definidas mayormente por la geografía a las que se suma en algún caso una denominación histórica: el cono sur, el sur andino y el Alto Perú, el norte del Perú, las provincias venezolanas y el Caribe colombiano y Centroamérica, el Caribe y Norteamérica. El capítulo restante es incluido en una última sección llamada “La visión sobre la(s) América(s) posindependiente(s) desde España” en la que Escribano Roca y Viñuela Perez estudian cómo intelectuales particularmente de orientación conservadora, pensaron de qué manera gobernar el estado español tras la dramática pérdida territorial que ocasionaron las guerras de independencia en la porción americana del antiguo imperio. Si bien todos los trabajos se enfocan en el siglo XIX, algunos abarcan un arco temporal de varias décadas mientras que otros abordan coyunturas de unos pocos años. Los asuntos tratados en cada capítulo son bastante variados y sus autores los examinan atendiendo a su propio desarrollo y peculiaridad; sin embargo, todos los textos se hallan vinculados a alguno de los temas que enumero a continuación, criterio que estimo más apropiado para sintetizar las contribuciones de esta obra.

1.  La racionalidad del comportamiento de actores sociales e individuales de una región dada frente a la guerra de independencia. Rivera señala la necesidad de rescatar la diversidad sociocultural peruana y para ello reseña el impacto económico, demográfico y humano de las reformas borbónicas y de la militarización provocada por la guerra de independencia en el norte peruano. Esta región no aparece definida sólo en términos geográficos sino también de funcionamiento de una red mercantil entre Trujillo y el Caribe que se basó en vínculos familiares y de amistad e integró asimismo a población indígena y negra. Por su parte, Soux, analiza la sublevación indígena, los enfrentamientos entre los ejércitos realista e insurgente y las guerrillas entre 1809 y 1815, vistos desde la perspectiva de los individuos y grupos sociales y étnicos que se movilizaron y recorrieron la región surandina, un espacio con rasgos económicos, étnicos y culturales propios que se remontan al período prehispánico.

2.  La formación de las identidades nacionales y de la memoria histórica por parte de las élites gobernantes. Almeida y Losada Moreira recorren la historiografía brasileña para observar cuál ha sido el rol que se le ha atribuido a la participación indígena en el proceso de independencia y de construcción del estado nacional en el siglo XIX. Mientras que Solano, Flórez Bolívar y Vanegas Beltrán indagan acerca de cómo jugó la reivindicación de la condición de indígena de parte de la población del Caribe colombiano para la preservación de derechos como la propiedad comunitaria de la tierra. Para ello repasan los debates sostenidos por las élites dirigentes e intelectuales decimonónicas para establecer qué era un indígena y cómo identificarlo en una república de ciudadanos iguales ante la ley. Díaz Arias explora, a su vez, la aparición del concepto de América Central para denominar al antiguo Reino de Guatemala y los elementos -particularmente homogeneizadores- a los que las élites políticas apelaron para definir la identidad centroamericana entre la sanción de la Constitución federal de 1824 y la década de 1860.

3. El impacto del liberalismo en los diferentes sectores sociales y étnicos, urbanos y rurales. Irurozqui estudia el congreso constituyente de 1839 que se reunió tras la derrota del proyecto de Confederación Perú-Boliviana liderado por el Mariscal Santa Cruz y propuso retrotraer los límites del estado boliviano a los fijados por la Asamblea de las provincias altoperuanas de 1825. En su análisis destaca que los diputados de las distintas facciones coincidieron en identificar al liberalismo con la oposición a cualquier forma de absolutismo, fuera en términos de la subordinación de Bolivia a otros estados, como del rechazo al ejercicio despótico del poder por parte de los “hombres fuertes”. Por su parte, Pereyra Chávez revela cómo los pobladores indígenas de Ayacucho se sirvieron de los principios liberales difundidos por las élites provinciales del Perú para disputar judicialmente con los hacendados locales su derecho a la propiedad de la tierra. Por último, Álvarez Cuartero sigue el debate acerca de una eventual abolición de la trata en el seno del Imperio durante las Cortes de Cádiz en el que contrasta la postura sensible al influjo liberal inglés de los diputados Argüelles y Guridi con la del diputado habanero Jáuregui quien, en tanto partícipe del grupo propietario de ingenios azucareros y del negocio del tráfico de esclavos, resistió la discusión de ese asunto en las sesiones públicas.

4. El papel de las provincias y de las municipalidades en la construcción de los estados centralizados, el carácter de esas disputas y el papel que desempeñó en ellas la adopción de nuevas nociones, conceptos y lenguajes políticos por parte de las élites locales para la conservación de sus principales intereses. Cid examina la persistencia de la cuestión del federalismo en Chile a lo largo del siglo XIX y los cambios que experimentó el lenguaje político para expresar las demandas de gestión política local del territorio. El caso de la Confederación argentina aparece de la mano de Lanteri y Macías, quienes analizan la conducta de los comandantes y de las milicias de campaña y/o frontera en las provincias de Tucumán y Buenos Aires y su contribución en tanto actores locales e intermedios a la construcción de un orden provincial y regional. Por su parte, el texto de Mata analiza las distintas variantes de resolución de las disputas jurisdiccionales entre la provincia de Salta y el Alto Perú en la década de 1820 por los partidos de Atacama y Tarija. Samudio Aizpurúa, en cambio, intenta explicar la redefinición de las provincias venezolanas entre las reformas borbónicas y los años inmediatos a la independencia mediante un enfoque geohistórico. Méndez Zárate plantea, a continuación, la necesidad de estudiar la influencia de las municipalidades creadas en 1821 en la formación de los estados de El Salvador y Guatemala durante el siglo XIX en un texto que apunta a plantear preguntas y líneas de investigación a seguir. Finalmente, Salinas Sandoval da cuenta del papel de las provincias, estados y departamentos en el marco de los órdenes constitucionales federales y centralista del estado nacional mexicano, poniendo de relieve la continuidad de los principios liberales en todos esos sistemas de gobierno ensayados durante la primera mitad del siglo XIX.

El libro editado por Natalia Sobrevilla Perea explora el mismo asunto que la obra reseñada aquí arriba, es decir, el de la construcción de repúblicas en el otrora imperio español, pero restringiendo los análisis a las de su porción meridional durante un período que arranca con la Guerra de los Siete años y no se aventura más allá de la mitad del siglo XIX. No obstante, esta limitación espacial y temporal es largamente compensada por la estrategia de ofrecer una “mirada de conjunto” del proceso de construcción de las repúblicas sudamericanas a partir de la selección de cinco ejes temáticos, a saber: 1) las divisiones político administrativas coloniales y sus transformaciones posrevolucionarias; 2) la cuestión de la soberanía en relación a las formas de gobierno, los regímenes de representación política y el reconocimiento internacional de las nuevas repúblicas; 3) los usos del pasado en las disputas políticas; 4) la guerra en su dimensión política y social y 5) la participación política de los sectores populares. Al igual que Castro Castro y Escobar Ohmstede, Sobrevilla Perea se empeña en observar el proceso revolucionario de manera conectada y dinámica lo que implica atender no sólo a su resultado final, o sea el de los distintos estados nacionales, sino también las alternativas que se abrieron paso y luego se truncaron. Pero la propuesta de Sobrevilla da un paso más, puesto que la adopción por parte de los autores de una perspectiva espacial transversal en el examen de los cinco temas seleccionados no sólo es congruente con aquel objetivo sino con el anhelo de escribir una “historia en común”, tal como reza el subtítulo del libro. Abandonar la historia nacional se convirtió así en un desafío para los historiadores convocados por este proyecto. La lectura atenta de la abundante producción historiográfica por tema y por país, sumada a la especialización de cada uno de los autores en una línea de investigación y a la oportunidad de dialogar y reflexionar durante los encuentros que mantuvieron en los últimos años han sido claves para la redacción de estas síntesis.

En el primer capítulo, la editora de la obra parte de la idea, esbozada ya hace varias décadas por Chiaramonte para el caso de Argentina, de que los límites territoriales de los países de hoy podrían haber sido otros y, en el mismo sentido, busca relegar por simplista la hipótesis que hacía de las audiencias el molde de las futuras naciones. De allí que le interese particularmente identificar los factores que intervinieron y se combinaron en ese proceso. Entre ellos pondera en primer lugar, la forma en que estaban organizados el gobierno y la administración de justicia en las colonias sudamericanas. Destaca, por una parte, la trascendencia de las ciudades cabildo y señala, por otra, la presencia de otras estructuras como las de los corregimientos y las gobernaciones, los reinos y las audiencias y las provincias intendenciales -cuya implementación fue efectiva en el virreinato del Río de la Plata y dispar en el de Nueva Granada-. En segundo lugar, explora el impacto de la crisis de la monarquía que convirtió a las ciudades en protagonistas del dilema en torno a la soberanía del rey cautivo. Frente a él, algunas tomaron el camino de la autonomía mediante la formación de Juntas (Montevideo en 1808, Charcas, La Paz y Quito en 1809, Caracas, Buenos Aires, Santa Fe y Santiago en 1810) y otras permanecieron fieles a los dictados de la Regencia. Una diversidad de rumbo que tuvo además como consecuencia el enfrentamiento entre ciudades y sus respectivas capitales -Lima, Buenos Aires y Santa Fe de Bogotá-. En tercer lugar, señala que la guerra desatada entre ciudades y otras jurisdicciones por el control del territorio confirió a los ejércitos un rol en el proceso de definición de las nuevas comunidades políticas. Por último, examina los intentos exitosos y fallidos de creación de estados y los conflictos por la organización política que oscilaron entre las formas federal, confederal y centralista. Los sucesivos mapas que acompañan el relato contribuyen a ilustrar la variación de las fronteras de los nuevos estados.

En el segundo capítulo, Ossa Santa Cruz se interroga sobre los distintos aspectos que hacen a la construcción de las soberanías político-territoriales en Argentina, Chile, Colombia y Perú durante la primera mitad del siglo XIX. Así examina el fenómeno del juntismo tanto como el del fidelismo en los años de 1810 y las controversias de la década de 1820 por la organización constitucional, entre la monarquía y la república en sus diversas variantes. La implementación del régimen representativo como medio de expresión de la soberanía popular -nuevo principio de la legitimación del poder político-, es considerada por Ossa en sus normas (voto directo/indirecto; activo/pasivo) y en sus prácticas (quiénes y cómo participan), ambas más o menos restrictivas según los espacios o los años. Repasa asimismo las misiones enviadas por los diversos gobiernos revolucionarios a Europa y Estados Unidos en pos de entablar relaciones diplomáticas e intentar obtener el ansiado reconocimiento como estados independientes. Para finalizar, explora el tránsito de la colaboración suprarregional en nombre del americanismo para enfrentar a la antigua metrópoli, a la conflictividad por el dominio territorial entre los recientes aliados: neogranadinos y venezolanos, porteños y orientales, peruanos y bolivianos, la Confederación peru-boliviana con Chile y la Confederación argentina.

En el tercer capítulo, Gutiérrez Ardila examina los usos del pasado en la polémica periodística y los debates parlamentarios por parte de unas élites profundamente divididas acerca de cómo gobernar las nuevas comunidades políticas y alcanzar un orden estable y garante de la libertad tan invocada por los líderes de las revoluciones de independencia. La temprana crítica a los tres siglos de dominio colonial que privó a los americanos del ejercicio de sus derechos es un tópico recurrente en las distintas regiones sudamericanas, aun en un espacio contrarrevolucionario como el del Virreinato del Perú, donde la influencia liberal gaditana dio paso a una censura del sistema colonial en su versión borbónica. En relación a los proyectos de instauración de una monarquía constitucional, en el Río de la Plata de los años diez por ejemplo, la coronación de un descendiente de los Incas fue valorada en forma positiva y negativa a la vez. Mientras que en el Perú de principios de la década del veinte, las iniciativas monárquicas de San Martín, presentadas como moderadoras de una libertad ilimitada inaugurada por la reciente revolución, fueron refutadas en virtud de la deriva de la experiencia napoleónica como así también del éxito del régimen republicano en Estados Unidos. En los años treinta, señala el autor, la forma republicana fue cuestionada respecto de la extensión de las atribuciones del poder ejecutivo y de las provincias. Sobre el primer aspecto destaca que, en Colombia, la acción de los antiguos libertadores en las recientes guerras civiles fue severamente criticada por su tendencia dictatorial y dio pie a que el gobierno triunfante proscribiera a los “bolivianos” en nombre de la lealtad a las instituciones republicanas. En relación con el segundo aspecto, que se resume en la controversia entre centralismo y federalismo, las elites también recurrieron al pasado. Un clásico entre los federalistas fue la invocación de las experiencias de la antigua Grecia y de las modernas de Suiza, Holanda y sobre todo de los Estados Unidos, argumentos que los centralistas rebatieron unánimemente apelando a la comparación entre las colonias de la América inglesa, más pobladas, ricas e ilustradas que las de la América española, para rechazar la adaptabilidad del modelo norteamericano a las nuevas repúblicas sudamericanas. En el último apartado Gutiérrez Ardila sostiene que las “historias monumentales” aparecidas en cada país en la segunda mitad del siglo XIX fueron concebidas como “artefactos polémicos”.

Rabinovich, a cargo del tercer capítulo, analiza el fenómeno de la guerra y de la movilización militar-miliciana con énfasis en el período 1810-1850 y afirma su relevancia a la hora de explicar el proceso de formación de las naciones y los rasgos de la sociedad post-revolucionaria. Para ello plantea y desarrolla dos hipótesis: sostiene, por un lado, que la guerra fue llevada a cabo, con escasas excepciones, por unidades milicianas de tradición colonial, protagonismo que le confirió a aquella un carácter local/regional y descentralizado que explicaría además la fragmentación militar, política y territorial del espacio sudamericano de la primera mitad del siglo XIX. Discute así el mito que hace de las campañas libertadoras de San Martín y Bolívar el origen de gran parte de las nuevas comunidades políticas. Esos ejércitos habrían sido más la excepción que la regla. Pero, aun así, tampoco se habrían despojado totalmente de su impronta regional, como es el caso del Ejército de los Andes, cuyo núcleo se compuso de soldados cuyanos y chilenos y que una vez que arribó a Lima sumó a soldados peruanos. No obstante, señala que la convivencia y las vicisitudes que atravesaron esos tres grupos durante la campaña generaron tensiones que contribuyeron al mismo tiempo a forjar identidades asociadas luego a lo “nacional”. Por otro lado, el autor asevera que el reiterado fracaso de la desmovilización militar y miliciana a largo del siglo XIX sería la causa de la inestabilidad política y de los sucesivos enfrentamientos bélicos dentro y fuera de unos límites todavía imprecisos entre las repúblicas sudamericanas en construcción. A excepción de Colombia que contrató un empréstito en Londres para afrontar las deudas militares, la falta de pago de sueldos atrasados y de premios prometidos fue una conducta bastante generalizada entre los gobiernos de la región; esto causó decepción entre los miembros de los ejércitos revolucionarios y dificultades para reinsertarse en la sociedad lo que llevó a muchos de ellos a enrolarse nuevamente. Al mismo tiempo, parte de ese personal militar fue dirigido por los gobiernos hacia otros frentes como fue el caso de la guerra que enfrentó a las provincias rioplatenses con el Brasil a mediados de los años veinte. Por último, Rabinovich destaca que tras la guerra de independencia se dio en toda la región un retroceso de los ejércitos de línea motivado por el alto costo en términos demográficos, económicos y políticos -último aspecto que se manifestó en el discurso antimilitarista de parte de las élites políticas.

En el último capítulo, Di Meglio analiza la participación política de los sectores populares urbanos y rurales de Sudamérica entre fines de la colonia y mediados del siglo XIX. Una participación que, tras discutir algunas premisas de Guerra en las páginas finales, estima indispensable para entender cabalmente la política del período. Desarrolla así tres aspectos de esa movilización que define en términos generales como policlasista y multiétnica y tendiente a subsumir las tensiones sociales y raciales. En primer lugar, asegura que la politización de la plebe estuvo presente en la región desde fines del siglo XVIII, como lo muestran las rebeliones contra el mal gobierno. En segundo lugar, afirma que la acción popular fue promovida por los conflictos entre las facciones revolucionarias, quienes interpelaron a los sectores populares en tanto “pueblo”, y por otros factores como el de la guerra, que llevó a las tropas a participar de acciones a favor y en contra de gobiernos bajo las órdenes de sus superiores pero que también dio lugar a que se expresaran en forma autónoma en defensa de intereses propios mediante motines u otro tipo de reclamo. En la medida en que cuestionaron las jerarquías y la propiedad, fenómenos políticos como el antiespañolismo y la radicalización de la conflictividad rural de los años revolucionarios fueron expresiones, según Di Meglio, de esa subsunción de las tensiones sociales y/o raciales. En tercer lugar, explica el surgimiento de liderazgos populares en el contexto de las nuevas repúblicas; algunos de ellos pertenecientes a la élite como Dorrego, Flores, de Paula Santander o Belzu, y otros a los sectores intermedios o incluso populares como Huachaca o Molina. Advierte por otra parte, que si bien la movilización política fue mayormente policlasista y multiétnica, entre 1830 y 1850, hubo acciones que nuclearon a determinados grupos con exclusividad como es el caso de esclavos, artesanos e indígenas. Asimismo y pese al temor a una guerra social manifestado en algunas ocasiones por las elites, el autor juzga que los plebeyos no tuvieron intención de reemplazarlas, sino que su interés se limitó a tener mayor participación en el nuevo orden republicano, a defender intereses grupales o individuales y a oponerse a las medidas de gobierno que pudieran perjudicarlos.

Para finalizar no queda más que celebrar la oportunidad que brindan instituciones y organismos de financiamiento como los citados al comienzo de esta reseña para el encuentro y el diálogo entre investigadores de distintos países y la difusión de los valiosos resultados de sus pesquisas tras esos intercambios.