Reseña del Tomo I. Prácticas políticas

Por María José Navajas (Instituto Ravignani, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas)

Esta obra integra una colección de cuatro tomos que estudia los dos siglos de la historia política de Chile desde la mirada de diversos especialistas. El tomo sobre prácticas políticas examina un repertorio de actores, dinámicas y coyunturas, entre la crisis imperial de 1808 hasta los días del bicentenario. Cada capítulo recoge y confronta las versiones más divulgadas de la historia política nacional y en conjunto plantean una sugerente interpelación a la idea del llamado “excepcionalismo chileno”.

El capítulo de Juan Luis Ossa analiza las vicisitudes que marcaron la construcción de la república chilena hasta mediados del siglo XIX. Examina hechos y coyunturas decisivas como la guerra civil revolucionaria, las controversias acerca de la soberanía, las disputas por la legitimidad y las tensiones entre orden y libertad. El apartado escrito por Joaquín Fernández también aborda el tema de la guerra, pero con una cronología que abarca todo el siglo XIX. Observa la gravitación de la guerra en la política decimonónica como una herramienta legitimada por los actores para la tramitación y resolución de las disputas políticas y, a su vez, analiza las diferentes cuestiones que configuraron la conflictividad decimonónica. El capítulo de Loveman y Lira incorpora el problema de la guerra en el marco más general de la violencia política y demuestra el peso fundamental que tuvo en el derrotero político e institucional del Estado chileno. El ejercicio de la violencia no sólo es analizado desde la perspectiva de las autoridades gubernamentales, sino también como un mecanismo de resistencia y confrontación de la sociedad civil. Por su parte, el capítulo escrito por Augusto Varas ofrece un estudio pormenorizado sobre la formación de las fuerzas armadas y el papel político de los militares entre 1810 y 2015.

Temas fundamentales de la historia política latinoamericana son las elecciones y los partidos políticos, desarrollados en dos capítulos. Eduardo Posada Carbó estudia las prácticas electorales entre 1809 y 1970 y subraya la intensidad del calendario electoral y la importante movilización que concitaba la elección de las distintas autoridades desde los primeros comicios. Asimismo, señala la importancia creciente de los partidos políticos, asunto que analiza Elisa Fernández desde los enfrentamientos entre pipiolos y pelucones hasta el restablecimiento de la democracia a finales del siglo XX. La organización y funcionamiento de los partidos se relaciona con la práctica del asociacionismo político, cuestión que examina el capítulo de Andrés Baeza Ruiz, desde una perspectiva que incluye un amplio repertorio de asociaciones entre 1808 y 1980 y muestra la relación cambiante de esos actores con el Estado. Un actor clave dentro de ese repertorio es la prensa, estudiada específicamente por Carla Rivera para explicar el papel que desempeñaron los periódicos desde los inicios del proceso independentista, las tensiones que provocó su actuación pública y los cambios producidos desde la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo del XX.

El análisis de la participación de los distintos colectivos sociales aparece desagregado en varios capítulos que ofrecen un abordaje específico y con una periodización variable. La intervención política de las mujeres es estudiada por Maria Rosaria Stabili, quien demuestra la diversidad de motivos que las movilizaron a lo largo de dos siglos y el proceso accidentado, con avances y retrocesos, del feminismo en Chile. Por su parte, Elizabeth Quay Hutchison y María Soledad Zárate analizan las clases medias entre 1920 y 1970. Partiendo de una caracterización plural de ese grupo social, que subraya su complejidad y heterogeneidad, examinan su vinculación con los diferentes partidos políticos y su gravitación en el periodo considerado. La participación política de los sectores populares es el tema de Luis Thielemann Hernández, que examina los espacios urbanos y la formación de la llamada “clase obrera”, y el de Claudio Robles Ortiz que estudia los cambiantes escenarios de la sociedad rural chilena desde mediados del siglo XIX hasta la reforma agraria de 1967-1973, así como su incidencia en la confrontación que antecedió al golpe de Estado de 1973. Ambos dan cuenta de los diferentes momentos que atravesó la actuación pública de los grupos de trabajadores urbanos y rurales y abordan coyunturas de intensa conflictividad, desde finales del siglo XIX hasta el gobierno de Allende.

El capítulo de Patrick Barr-Melej ofrece un análisis muy sugerente de la dimensión cultural de las prácticas políticas a partir de los usos y sentidos de la música folklórica y de la figura del huaso, su posterior articulación con el surgimiento y desarrollo de la Nueva Canción chilena y, finalmente, su reformulación durante la dictadura de Pinochet.

El apartado escrito por Marcelo Casals argumenta sobre la importante gravitación del modelo de democracia liberal en la historia chilena y los distintos sentidos que fue adoptando ese vocablo en relación, y en tensión, con el concepto de dictadura. Casals postula la democracia como un objeto en permanente disputa y una herramienta discursiva a la que apelaron los distintos sectores políticos para legitimarse.

En suma, los autores ofrecen diferentes herramientas y argumentaciones para problematizar conceptos clave de la agenda historiográfica de las últimas décadas, como revolución, guerra, violencia y democracia.