Presentación del libro

Por Sol Serrano (Pontificia Universidad Católica, Chile)

Qué duda cabe. Estamos frente a una obra de envergadura. Lo primero es felicitar y agradecer a las muchas personas que la hicieron posible. La Universidad Adolfo Ibáñez, el Centro de Estudios de Historia Política, sus editores y los casi 50 autores que participan en los 4 tomos que conforman la Historia Política de Chile, 1810-2010 publicados, como siempre, con la pulcritud y calidad por una de las principales editoriales de nuestro continente como lo es el Fondo de Cultura Económica.

Cuando digo que esta obra ha sido una empresa no es una analogía. Es literal. Sin fines de lucro, claro está, pero no por ello menos ardua. Iván Jaksic como editor general y Juan Luis Ossa, Francisca Rengifo, Andrés Estefane, Claudio Robles y Susana Gazmuri como editores de cada tomo en particular acometieron una tarea titánica. Detrás de esta obra hay una gran convicción y no poco de audacia y riesgo. Los editores tomaron decisiones sobre el concepto, la estructura, los temas y los enfoques de la obra.

La primera decisión es optar por una historia política.

La segunda es definir las categorías orientadoras generales: nuevas cronologías que no respondieran a las tradicionales sino al problema estudiado, y el resultado fuera por lo mismo una síntesis de la interpretación; la tercera, historizar los conceptos que solemos utilizar de manera unívoca a través del tiempo y definirlos acorde a la periodificación propuesta. “Pueblo” no significa lo mismo en 1810 que en 1930. La última categoría es más bien preventiva: abandonar el lugar común de la excepcionalidad chilena. Este, sin embargo, se diluye por sí solo desde que se propone una historia con elementos comparativos en la cual no existe lo excepcional sino lo particular.

La tercera decisión, la más audaz y sustantiva, es definir los problemas que ordenarían los temas. Allí se juega la decisión de fondo: prácticas políticas; Estado y sociedad; problemas económicos (que en realidad es políticas económicas); intelectuales y pensamiento político. Los editores hicieron una magnífica síntesis en la introducción de cada tomo hilando los capítulos en este marco general, tarea nada fácil pues son disímiles en muchos sentidos.

Hay una cuarta decisión implícita: ¿por qué una historia nacional? Esta obra es una proposición historiográfica sobre la nueva historia política que recoge amplios procesos de cambios. No en vano, la iniciativa partió a raíz del Bicentenario. Los Bicentenarios de las Revoluciones Atlánticas de fines del XVIII y comienzos del XIX constituyeron un momento único de reflexión y revisionismo historiográfico en torno precisamente al tiempo corto de la ruptura; a la autonomía del fenómeno político; a la relación entre ese tiempo corto y el más largo de las prácticas culturales; al de los espacios de autonomía de los actores. Aquellas revoluciones no fueron el reflejo de fenómenos económicos y sociales más profundos, los únicos con capacidad de inteligibilidad histórica, sino que significaron una ruptura conceptual de lo político –la idea misma de la igualdad ante la ley, la soberanía popular y la representación-, que marcaron profundamente la historia occidental contemporánea.

Esta obra se presenta a sí misma como una historia política que incorpora la historia social de las prácticas políticas y que también podríamos llamar prácticas culturales. Recuperar a los actores significa elaborar el concepto de prácticas como la acción de los actores, los vínculos, vivencias, espacios de autonomías, apropiación y reelaboración de ideas; de jerarquías y de sociabilidades igualitarias. El concepto de prácticas me parece lo más rico y la más relevante de esta colección. Lo anterior me lleva a la cuarta decisión: la escala de estudio. ¿Por qué una historia nacional? Desde mi punto de vista es una opción legítima, pertinente y necesaria puesto que trata de la política moderna. Una escala es la de los estados nacionales soberanos y representativos cuya legitimidad muta de lo divino a lo humano. Esa mutación, ni lineal ni exitosa, es un horizonte de rupturas instaladas en las continuidades de las sociedades de Antiguo Régimen. Las construcciones de los estados nacionales y sus historias han sido acríticamente identificadas con el nacionalismo en un sentido esencialista y xenofóbo. Lo ha sido, por cierto, pero también fueron la construcción de un proyecto político democrático. La ola de globalización actual, caracterizada por la simultaneidad de las comunicaciones y las interdependencias, llevó con una rapidez abismante a los cientistas sociales a dar el parte defunción a los estados nacionales. Obviamente tienen un rol menos preponderante que en el pasado, pero siguen siendo unidades de inteligibilidad porque persisten espacios de autonomía. No es lo mismo enfrentar la crisis subprime con equilibrio macroeconómico que sin; no es lo mismo cómo funcione la democracia representativa y el estado de derecho porque la cultura política es histórica e idiosincrática. No es lo mismo ser un país exportador de materia prima, o de tecnología y de servicios. El descarte fue precipitado, además, por el resurgimiento más reciente de los nacionalismos.

La escala de lo nacional es una escala de estudio imprescindible y consustancial de la política moderna que no se contrapone sino que, al contrario, se complementa con las otras escalas de lo local y lo global. Estos textos no la tratan directamente, pero están en permanente referencia comparativa con América Latina y el Atlántico Norte. Con ello, se propone una agenda de investigación.

Estimo que faltó un capítulo. El capítulo sobre la historia de la historiografía política chilena: en qué tradición se sitúa esta tamaña obra. En qué sentido. La Introducción señala claramente cuál es su horizonte: “Es hora de ponderar seriamente la historia política de Chile: lo que ha hecho y lo que aún es capaz de lograr mediante el principal mecanismo con el que cuentan las democracias modernas para dirimir sus diferencias y construir proyectos comunes de convivencia ciudadana”. Es decir, la misma obra se inserta en la historia que estudia.

Se me disculpará no entrar en el contenido porque es imposible sintetizar más de 50 capítulos; me quedo más bien con su estructura y su sentido. La colección que se presenta es un hito relevante de la historia política chilena que se inserta, como sus antepasadas, en un horizonte político que presupone que la conciencia histórica y el debate crítico son un pilar de la democracia y la convivencia ciudadana. Por ello nos pone ante un desafío tanto historiográfico como político.